01 marzo 2021
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El señor Cayo y el justiprecio

    Quién diría que han pasado más de cuarenta años y lo poco que hemos avanzado en algunos asuntos! He aprovechado el centenario de Miguel Delibes para releer parte de sus obras. Una de ellas ha sido “el disputado voto del señor Cayo”, que vio la luz allá por 1979. El autor sitúa la trama en los meses previos a las primeras elecciones democráticas en 1977 y en un pueblo perdido del norte de la provincia de Burgos, en el que tan solo vive el citado señor Cayo, su mujer y ese al que llama “el otro”, un vecino con el que el protagonista no se habla. Encima de pocos, mal avenidos. Hasta allí acude el candidato socialista al Congreso de los Diputados sin saber que el pueblo estaba prácticamente deshabitado. Durante su conversación intenta convencer al señor Cayo de que vaya a votar y de que otorgue el apoyo a su candidatura y le habla de la necesidad “del justiprecio de los productos agrícolas”. Supongo que se refería a que se necesitaban unos precios justos para las mercancías del campo.

    Y, mira por donde, cuatro décadas largas después, los agricultores y ganaderos salieron hace ahora un año a las calles de las ciudades, a los caminos, carreteras y autopistas, para reivindicar eso mismo, precios justos para la cebada, el lechón, la leche, el porcino, el girasol, el tomate o la naranja o los corderos, por citar tan solo algunos. Y, mira por donde, doce meses después de aquella oleada de movilizaciones que el coronavirus cortó de raíz, vuelven las convocatorias de nuevas protestas, justo en la semana en la que se ha debatido esta misma cuestión, englobada en lo que se conoce como Ley de la Cadena Alimentaria, en la Comisión de Agricultura del Congreso de los Diputados. Hasta allí han acudido representantes del sector agrario para exponer a sus señorías, herederos de aquel candidato cunero por Burgos, sus puntos de vista.

    Sería faltar a la realidad decir que no se ha avanzado a lo largo de estas cuatro décadas largas en este espinoso asunto. Pero también mentiría el que afirmase que el problema está resuelto. Y mucho me temo que tampoco va a resolverse porque, a ver, ¿qué es un precio justo? Contemplado desde la óptica de los agricultores y ganaderos, seguro que será una cifra muy diferente a lo que un consumidor consideraría como precio justo. Llegados a este punto, considero que sería mejor comenzar a hablar de precios remuneradores, que permitan mantener la actividad agraria y la producción de alimentos para garantizar el mayor grado de autoabastecimiento posible. No se trata de volver a lo que hacía el señor Cayo, que era casi autosuficiente, pero sí de mantener el campo vivo.

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