17 agosto 2022
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El petróleo, de nuevo

18 mar 2022 / 03:00 H.

    Mientras Ucrania sufre bombardeos indiscriminados, el mundo contempla con esperanza una paz que puede confirmar, desdichadamente, aquello que dicen que dijo Clausewitz: “La guerra es la política por otros medios”.

    Con todo, los humanos somos miopes y cortoplacistas. El tiempo y el espacio se beben a pequeños sorbos y, pasada la hora del telediario, la gran preocupación consiste en afrontar los gastos diarios. Del precio de las fuentes de energía depende gran parte del encarecimiento de la cesta de la compra, y el ciudadano vuelve sus ojos al Estado reclamando una bajada de los impuestos que amortigüe la subida de los hidrocarburos.

    No queremos renunciar a usar el coche ni a bajar la calefacción, pero para ello miramos a otro lado cuando se siguen pagando facturas millonarias que están financiando la muerte de civiles, la destrucción sistemática y el sufrimiento de quienes defienden su soberanía, frenando al mismo tiempo —por favor, no lo olvidemos— una amenaza que nos afecta a todos. No estoy abogando por una intervención en esa guerra; asfixiemos decididamente la economía del sátrapa renunciando, en la medida de las posibilidades reales de cada cual, a una parte de nuestras comodidades. La alternativa no puede consistir en comprar el crudo que nos falte a países que decapitan en un solo día a más de ochenta condenados a muerte.

    Es comprensible que nadie quiera pagar más. Las circunstancias nos han obligado a navegar entre crisis como si de oca en oca se tratase, y todos queremos regresar a una normalidad que nos resulta esquiva. Con todo, sería bueno que reflexionáramos un poco sobre la situación en la que nos encontramos, porque tal vez debamos asumir la cuota de responsabilidad que, como ciudadanos, nos corresponde asumir para salir de este atolladero. También en ese otro frente permanente que las prisas cotidianas parece que no nos permiten comprender su extraordinaria gravedad: el medio ambiente. Necesitamos aceptar la necesidad de abordar políticas coherentes de transición a las energías limpias que, aunque no nos guste, nos van a seguir costando mucho dinero. Negacionistas, abstenerse.

    Dicho todo esto, me pregunto algo cuya respuesta desconozco. Si entre los años 2011 y 2014 el precio del barril de petróleo pocas veces estuvo por debajo de los máximos fijados a lo largo de estos días, ¿por qué los combustibles de automoción costaban entonces, tanto en España como en los países de nuestro entorno, casi cuarenta céntimos por litro menos que ahora? Tengo la sensación de que hay empresas y particulares que se están forrando aprovechando esta nueva crisis. Nunca vi un cohete tan potente ni una pluma tan liviana.

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