15 diciembre 2019
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El pasillo de Oñate

30 jul 2019 / 03:00 H.

Veo las fotos del pasillo humano que recorre José Jabier Zabaleta, alias “Baldo”, a su llegada a Oñate, tras 29 años de cárcel por varios atentados con víctimas mortales y me provoca malestar. La reclusión debe servir para rehabilitar, para conseguir que los malos dejen de serlo y puedan formar parte de la sociedad. Incluso los malos, tan malos como para haber asesinado a sangre fría desde una banda terrorista como ETA. Pero eso no significa que jamás se merezcan un homenaje. ¿O sí? ¿Vítores por sus “hazañas” de antaño? Hubo otra celebración paralela en Hernani, otra localidad guipuzcoana, que recibió a Xabier Ugarte Villar, uno de los secuestradores de José Antonio Ortega Lara, tras 22 años de prisión, con los mismos aplausos de su compañero de fechorías.

Casi en calidad de héroes, ambos delincuentes, esperemos que arrepentidos y rehabilitados, se pasearon con sonrisas de satisfacción entre sus paisanos, agradeciendo ser jaleados y distinguidos. Mientras, en sus casas, los familiares de tantas víctimas las sentían morir, una vez más, en un reconocimiento ignominioso que legitimaba sus crímenes.

¿Cómo es posible que en nuestro país sigan pasando estas cosas? El Ejecutivo de Pedro Sánchez ha señalado que este recibimiento convertido en homenaje es inadmisible y que hechos así son un insulto a las víctimas del terrorismo y a la sociedad en su conjunto, pero... ¿solo con palabras se pueden reconducir unas conductas que deberían abochornar a cualquier persona de bien? Está claro que la izquierda abertzale sabe, de sobra, que este tipo de actos provoca un inmenso dolor a las víctimas, a sus familiares y a una España que se sigue sorprendiendo con actitudes tan crueles, pero no parece que eso frene sus ansias de demostrar que, de alguna manera, el espíritu de la maldad permanece entre ellos y que no se irá jamás. Solo una determinación conjunta, por parte de todos los grupos políticos presentes en el Congreso, en la que se prohibiesen este tipo de manifestaciones, de manera contundente, acabaría con tanto oprobio, afrenta y deshonor. Y sería la única forma de tratar de normalizar unas relaciones complicadas, pero que tienen que ser aceptadas tras el arrepentimiento, el cumplimiento de una condena y la rehabilitación. ¿Acaso estas tres premisas imprescindibles pueden darse si se vuelve al pasado con este tipo de celebración, que hace recordar a todos aquellos larguísimos años de oscuridad y horror? La guerra civil española se extendió a los años de paz a través de ETA, a través de los etarras y sus atrocidades. ¿De verdad podemos consentir que se ensalcen y se festejen? No demos pasos atrás, ni para tomar impulso. Ni siquiera a los malos —que deberían haber dejado de serlo ya— les conviene un pasillo como el de Oñate.