19 septiembre 2019
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El parche del ojo

17 ago 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Mientras el personal se dispersa hacia las costas, uno se zambulle en la España interior. “Las ciudades las bordearé, como los buhoneros y los gitanos”, que escribió Camilo José Cela en su “Viaje a la Alcarria”. Mis cueros no están para provocar al sol, y mientras el cuerpo aguante prefiero conocer, antes de doblar, esos pueblos que están entre los más bellos de la patria y que no tuve ocasión de hollar. El dedo se posó precisamente en La Alcarria, “un hermoso país al que la gente no le da la gana ir”, según leí muy joven en la dedicatoria de Cela al Doctor Marañón. Y señalé Pastrana, porque es el último capítulo del estupendo libro y por ser la villa de aquella señora del XVI con un parche en el ojo diestro, que dio tanta guerra. Mi padre diría “un pendón; desorejada no tendría precio”.

El primer parche que uno conoció fue el del pirata de “La Isla del Tesoro”, e inmediatamente el de la Princesa de Éboli, porque tenía trece añitos cuando llegó a Salamanca Terence Young con sus cámaras y la ya consagrada Olivia de Haviland – la Melania de “Lo que el viento se llevó-, a rodar la historia de aquella Duquesa de Pastrana, tuerta del derecho. En el reparto no figura, pero actuó con uno de sus caballos el hijo del entonces llamado en esta ciudad “el rey de los gitanos”, que tuvo que repetir una toma cabalgando en la Plaza de Anaya, hasta llegar al Palacio –Facultad de Letras-, me quedo corto si digo que doce veces. Allí estaba el menda, entre los muchos curiosos. La sorpresa para mí en la película fue conocer a Paul Scoffield interpretando a Felipe II. Luego me fascinaría como Santo Tomás Moro, laureado con numerosos premios y el Oscar, en “Un hombre para la eternidad”. Lo tengo entre los cinco mejores actores de todos los tiempos.

Ya de mayorcito conocí a la elegante y bella Duquesa de Estremera -título unido al ducado de Pastrana-, Grande de España, María Asunción de Bustos y Marín, entonces esposa del amigo Trino Fontcuberta y Alonso Martínez, qepd, Marqués de Bellamar, que tenía una finca junto al Tormes, yendo para Ledesma. La duquesa acaba de adquirir una casa en Ledesma. También he conocido a Almudena de Arteaga, que además de biógrafa de la señora del parche, es la actual titular del Ducado del Infantado. Quiso presentar su libro en Salamanca y me llamó por indicación de su madre, emparejada con un importante político de mis tiempos. Por si no era bastante para suscitar mi curiosidad, había asistido a la presentación en Madrid -y leido- el libro del amigo Juan Manuel de Prada, “El castillo de diamante”, que narra las broncas entre la de Éboli y Santa Teresa de Jesús, que fundó un Convento en Pastrana a requerimiento de la del parche. ¿Aclarada mi elección, en lugar del tueste y chiringuito en Marbella o Coruña?

Ha habido otros parches con popularidad, como el de Moshé Dayan, aquel ministro de Defensa -mejor diríamos de ataque-, de Israel, por culpa del que mis hijos bautizaron como “Dayan” a un hermoso, grandullón, pastor del Pirineo, de pelo dorado, que tenía bordeado un ojo por una negra y redonda mancha, que les regalaron nuestros queridos Miguel Altares y Alicia Coca. O como el del pirata, buen torero y mejor persona, Juan José Padilla, por culpa de aquellaa terrible cornada. Aunque el recordado por los salmantinos viejos será el de aquel Jerarca local del Movimiento, apellidado Ortega, que tenía un ojo seco y se lo tapaba diariamente con una gasa blanca, por lo que la maledicencia local, -nuestro primer filósofo era entonces Ortega y Gasset-, le endosó el ingenioso apodo de “Ortega y Gasa”.

Pero como mis esforzados lectores estarán, como en Don Mendo, “ahítos de tanto parchear y tanto pito”, diré que gracias al párroco –ahora bajo la jurisdición del Obispo de Siguenza-Guadalajara, el bueno de don Atilano Rodríguez, que lo fue de Ciudad Rodrigo-, he podido visitar la Colegiata, su asombrosa colección de tapices (que se llevó Azaña y tardaron tanto en recuperar), y la cripta donde yace la princesa de Éboli. Escribió el luego Premio Nobel que en Pastrana era conocida como “la p....”. Que curioso, Olivia de Haviland que la encarnó para el cine, y que vive en París con 103 añitos, llamaba a su hermana de sangre ya fallecida Jean Fontaine –cuatro matrimonios-, con la que estuvo a matar toda su vida, “la zorra”.

“Aún aprendo”, y todavía no uso los bastones del anciano de Goya.