29 enero 2023
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El éxodo imparable

27 nov 2022 / 03:00 H.

    Resulta desolador mirar el mapa del éxodo en España y comprobar que seis de las diez provincias que más habitantes ‘exportan’ pertenecen a Castilla y León.

    El mapa que publicaba ayer LA GACETA supone una cruda radiografía de la sangría poblacional que vive la Comunidad autónoma. De esa zona roja que indica los enclaves donde más del cuarenta por ciento de los nacidos acaban emigrando solo se salvan Valladolid, León y Burgos. Soria, Ávila Zamora, Segovia, Palencia y Salamanca figuran, por este orden, en el ‘lado oscuro’ de la demografía en nuestro país. Son los distritos, junto a Cuenca, Teruel, Cáceres y Guadalajara, donde sus habitantes salen pitando en cuanto pueden con destino a las grandes ciudades de España y del extranjero.

    El mapa confirma también que la pérdida de habitantes es un problema regional: Castilla y León es sin duda la autonomía de la que más ciudadanos ‘huyen’ en busca de oportunidades laborales, pero Castilla-La Mancha y Extremadura le siguen muy de cerca.

    Vista desde arriba, España se divide claramente en una periferia con costa donde anida la riqueza y que resulta muy atractiva para buscar una residencia permanente, y un centro que se desangra y donde solo Madrid ejerce de imán y concentra cada año más y más habitantes.

    En Salamanca más del cuarenta por ciento de quienes han nacido aquí están ahora fuera de la provincia. Una buena parte de ellos, un 42 por ciento, se han ido a vivir a Madrid. Otros muchos han encontrado un proyecto de futuro en Barcelona o Bilbao.

    El mapa del éxodo echa por tierra la ilusión que pudimos disfrutar a principios de este año, cuando el Instituto Nacional de Estadística otorgó a Salamanca su primer crecimiento de los últimos ejercicios en número de empadronados. Era un espejismo, provocado por una tímida reacción de la economía provincial tras la pandemia, gracias al tirón del turismo y la hostelería.

    La despoblación del Oeste de España en el que se encuadra Salamanca parece no tener remedio. Esta provincia carece de los resortes necesarios para darle la vuelta al angustioso declive demográfico del último medio siglo y ni el Gobierno central ni el autonómico se han puesto manos a la obra en serio para taponar la sangría de población. Pedro Sánchez creó en su día un plan de Medidas frente al Reto Demográfico que, como casi todo lo que emprende el inquilino de La Moncloa, no era más que humo. Por su parte, la Junta tomó conciencia del problema de la despoblación casi desde los albores de la autonomía y lleva cuarenta años con planes, observatorios, estrategias y comités cuya eficacia se mide por debajo del cero. El Ejecutivo regional lleva décadas luchando contra la despoblación con nulos resultados. No sabemos lo que ocurriría si Fernández Mañueco y sus consejeros dejaran de tomar medidas para no perder habitantes, seguro que sería todavía peor, pero lo cierto es que la dura realidad de las estadísticas exige decisiones, fondos e inversiones mucho más valientes que las aplicadas hasta el momento.

    Un ejemplo: se ha creado un Fondo de Cohesión Territorial para favorecer a las zonas más deprimidas, pero los 20 millones anuales que destina la Junta a ese capítulo se antojan intrascendentes. Haría falta invertir cientos de millones durante unos cuantos años para darle la vuelta a este mapa demográfico donde Valladolid crece y las provincias de la Raya con Portugal se hunden.

    Cualquier plan que no parta de la idea de que todo lo que se ha hecho hasta ahora no vale para nada, está condenado al fracaso.

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