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A estas horas de la Nochebuena ya está listo para emitirse el discurso que esta noche pronunciará Felipe VI ante los españoles. El mensaje se suele grabar el 22 de diciembre por la tarde, aunque siempre está sujeto a retoques e incluso existe la posibilidad de hacerlo en directo, si la actualidad lo demanda. El Rey cada vez tiene menos oportunidades de reivindicar su papel y esta es una tradición que le asegura un eco extraordinario, en un entorno en el que crece la hostilidad con la institución que representa. Nunca hubo en el gobierno y en el parlamento más antimonárquicos dispuestos a acabar con la Corona.

Felipe VI nunca lo ha tenido fácil. Entre el desafío independentista, la pandemia, el volcán, la crisis de los precios y los líos familiares no ha podido pronunciar un discurso cómodo. Ni siquiera las perogrulladas parecerán esta noche equidistantes, en un país cuyos dirigentes se empeñan en abandonar el sentido común. Si habla de la unidad parecerá estar reprochando a la clase política su falta de entendimiento. Si habla de crisis se mirará con lupa, si se alinea más con la euforia del gobierno o con el derrotismo de la oposición. Si se refiere a la Justicia se analizará cada palabra, porque nunca se ha atacado, manoseado y vituperado tanto a los jueces desde los poderes públicos. Y si alude a la familia le sacarán punta por el destierro del emérito, al que no dejan venir ni a comer en Navidad. Pero en realidad, esta noche lo tiene complicado solo si confunde su neutralidad con la falta de compromiso, que es exactamente lo que esperan sus enemigos. Los antimonárquicos desean con todas sus fuerzas vestir al monarca de figura decorativa, para así subrayar la inutilidad de lo que representa. Por eso, hoy espero de Felipe VI algo más que buenos deseos para la Navidad. Estamos ante una crisis institucional sin precedentes, con un indecente choque público entre los poderes del Estado. Nunca antes el ejecutivo, el legislativo y el judicial habían despreciado tanto, a ojos de todos, la separación de poderes para mantener un pulso que merma la calidad de nuestra democracia. Dice el artículo 56 de la Constitución que el Rey “arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones” y ese papel es hoy más necesario que nunca. Si lo hace, lo hará con buenas palabras, sin exabruptos, pero espero que con firmeza. Ese también es su papel y debería estar escrito en los del discurso de esta noche.

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