06 diciembre 2019
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Échale a otro la culpa

29 jul 2019 / 18:53 H.
Roberto Zamarbide
Patio de luces

Cuando el malvado Scar precipita a su hermano y rey Mufasa por el precipicio abocándole a una caída que le costará la vida -y sumen a la propia fatal gravedad aquella interminable estampida de ñus-, el malo de “El Rey León” idea rápidamente cuál debe ser el plan para salir de rositas del apuro: echarle la culpa a otro. Y funciona, vaya que si funciona. La habilidad para quitarse el muerto de encima y colgárselo al primero que pase por allí se ha convertido en un arte sublime para el que, eso sí, hay que valer. Los cabrones con todas las letras, como el perverso antagonista del último remake cinematográfico de Disney, traen ya de serie la habilidad para derivar el marrón al primer inocente que se los pone por delante, en este caso el pequeño leoncito Simba. Pero no hace falta ser un malo de película para exhibir esas artes. Basta con moverse en las altas esferas de la política española, sin ir más lejos.

Llevo unos días fascinado por la tremenda desvergüenza con la que los líderes parlamentarios han hecho balance desde el jueves del fracaso de la investidura de Pedro Sánchez. Todos rechazaban previamente como negativa para el país la posibilidad de tener que volver a celebrar elecciones en septiembre, pero igualmente todos justificaron perfectamente sus estrategias y posturas culpando a otros del intento fallido. Entre los primeros espadas, lo de Pablo Casado tiene un pase, como jefe de una oposición venida a menos, ya que era impensable algún tipo de entente de los populares con los socialistas a la vista de las prioridades marcadas por estos para buscar socios de Gobierno. Sí que acertó el líder popular, en un tono más sensato que en anteriores ocasiones, al criticar a Sánchez por rodearse de amistades peligrosas y convertir las conversaciones entre PSOE y Podemos “en un mercadeo persa de ministerios y vicepresidencias”.

A la diestra de Casado y ya ocupando plaza en el podio del fariseismo político, un descarrillado y casi histriónico Albert Rivera nos taladró los oídos con aquello de “el señor Sánchez tiene un plan” y “una banda para repartirse el botín”. El jefe de Ciudadanos asumió gustoso el papel de azote inmisericorde del candidato y se atrevió a criticar su incapacidad para alcanzar un acuerdo de investidura cuando, curiosamente, él mismo rechazo de plano reunirse con Sánchez alegando que “no tengo nada más que hablar con él”. Señor Rivera, no sé cómo habría sido su infancia, pero en mi casa los conatos de disputa eran zanjados por mi madre con una de esas sabias frases de madre: “dos no riñen si uno no quiere”. Y de esa gran verdad colegimos otra muy obvia: “dos no se entienden si uno no quiere”. Poco futuro habría tenido el líder naranja entre quienes en los años de la Transición pilotaron el camino hacia el actual Estado de derechos y libertades.

Llegamos a los protagonistas. Nuevamente la izquierda española ha demostrado sus dificultades para salvar desconfianzas mutuas en la construcción de algo en común. Para Podemos, la culpa fue de la intransigencia de Sánchez al no aceptar a sus peticiones en la búsqueda de una fórmula de Gobierno de coalición. Ni la retirada de Iglesias como ministrable reblandeció la postura del líder socialista, cuyo papel y el de su mano derecha, Carmen Calvo, sale muy deteriorado del proceso. Merecedor del Nobel del cinismo político, Sánchez culpa a Iglesias de que no haya Gobierno y le acusa de querer “controlar” el Ejecutivo, cuando hace solo tres años, en una situación similar, el líder socialista escribía en su twitter: “La responsabilidad de que el señor Rajoy pierda la investidura es exclusiva del señor Rajoy por ser incapaz de articular una mayoría”. Tremendo. Aplíquese el cuento, presidente, y examine lo que le queda de conciencia.

A todos estos les votamos en abril con el mandato de que hablaran para buscar algún tipo de acuerdo. Si de aquí a septiembre no lo logran y hay que convocar nuevas elecciones, espero que no tengan la desfachatez de poner en el cartel a los mismos para intentar tomarnos el pelo y pedirnos el voto, porque ya sabremos con certeza de quién es la culpa de que nuestra democracia encalle. Justamente de esos tipos y tipas que veremos colgados de las farolas.