15 diciembre 2019
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Dejen ya de explotar a Franco

26 oct 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Ese inteligente abulense de la Moraña, colaborador de este diario, César Lumbreras, titulaba ayer “Y después de Franco ¿qué?”. Era la pregunta que se hacía mi generación, la que había visto salir del cuartel de Colón las camionetas de Guardias a la caza de maquis; la que estudió derecho Penal con el gran Antón Oneca, que había picado piedra en Cuelgamuros; Derecho Natural con el ex ministro Ruiz Jiménez, cesado fulminantemente por Franco; Derecho Político con Tierno Galván, que al curso siguiente fue expulsado de la Universidad por Franco, junto a García Calvo y Aranguren; Economía Política, con el prestigioso Prados Arrarte, recién vuelto del exilio de los vencidos por Franco; y en el mismo curso del que luego sería ministro de Trabajo de Suárez, Rafael Calvo Ortega. Al final de los cincuenta, en aquella Facultad que en su profesorado compendiaba todas las Españas, la pregunta era cómo saldríamos de la dictadura. Quedaban más de diez años para que Franco muriera en la cama. El chiste era, “¡Arriba Franco, arriba, arribaaa...!!Vale, soltar ya” (la cuerda, claro).

Nadie entonces osaba toser al régimen, salvo algunos demócrata-cristianos, que por acudir al llamado Contubernio de Munich, fueron deportados (Álvarez Miranda, Cavero...), cuatro socialistas, tres (Castellanos, Redondo, Tierno) y muchos comunistas, que pagaron cara su oposición y comenzaron a hablar de reconciliación. El 25 de noviembre de 1975 no existía verdaderamente un PSOE de militantes, organizaciones provinciales, represaliados... y aún era marxista. Viví intensamente en Salamanca los últimos días del franquismo, y los primeros de su derribo controlado por Juan Carlos I y Suárez, bajo el lema de Torcuato F. Miranda “de la ley a la ley”. Y el PSOE no aparecía. Se hablaba de un tal “Isidoro”, un cántabro en Sevilla, que apoyaba Willy Brandt y la socialdemocracia alemana, que acabó haciéndose con el poder en Suresnes. Por aquí venía de llanero solitario Pablo Castellanos (al que cuatro gatos escondidos acusaban de colaboracionista con el franquismo, válgame Dios), a charlar con un conocido simpatizante de al pie de casa, a repasar el panorama desolador del partido, partido —nunca mejor dicho—, entre el oficial y envejecido del exterior (encabezado por Rodolfo Llopis) y el bisoño del interior (de Felipe y su grupo jándalo de la tortilla). “Éramos 3.500”, ha confesado el colaborador de LA GACETA Joaquín Leguina. Yo añado que de esos, los poquitos salmantinos, estarían además en las catacumbas, porque —siempre hay excepciones—, no se manifestaban, no corrían delante de los grises, no eran detenidos, y a lo mas “conspiraban” sin sobresaltos en las barras. Evidencia su escasísima fuerza que patrocinaron su oposición a la Ley para la Reforma Política, haciendo el ridículo: en el referéndum de Salamanca esa ley cosechó ¡el 95%! de votos a favor. ¿Qué tal?

Por entonces, un político salmantino de derechas, con raza y reconocido anti-franquista, Jesús Esperabé de Arteaga, reprochaba a los demócratas repentinamente sobrevenidos, su cobardía durante la “oprobiosa”. Cuando fueron legalizados y empezaron las adhesiones ya sin riesgos, presumiendo de antecedentes democráticos de los que carecían, el viejo Esperabé tronaba: “¿Pero dónde coños estaban todos estos socialistos en los años duros? Ahora dan lanzadas al moro muerto. En vida no tuvieron lo que hay que tener, se ha muerto en la cama...”. Por todo lo dicho, y por lo bien que han sabido aprovechar políticamente el recuerdo y los evidentes desafueros del dictador, un día les llamé —costándome no pocas broncas—, “los chulos de Franco”. Ni el escritor albense Sánchez Rojas —llamado “el chulo de Santa Teresa”—, logró sacar a la santa andariega más provecho con sus textos teresianos.

Con el espectáculo del jueves de la exhumación, me reafirmo en la vocación de proxeneta político de Sánchez, utilizando la momia del autócrata, al que sus correligionarios dejaron ¡virgen! cuarenta largos años. No niego que el traslado — que a la inmensa mayoría le importa un pito—, tenga un evidente contenido simbólico, pero las insolencias del “guapo” en este asunto —con olvido de los verdaderamente importantes—, van también dirigidas a explotar inicuamente al “moro muerto”, darle lanzadas a Franco —que sus antecesores no tuvieron coraje para propinarle durante su larga jefatura—, y traficar electoralmente con ellas.

Soporté las imágenes escuchando al forense que le embalsamó, Antonio Piga, catedrático de Medicina legal en Salamanca; recordando la puerta de la cripta, obra del escultor charro Damián Villar, con su discípulo Graciliano Montero; los once salmantinos allí enterrados (entre ellos Lisardo Sánchez, hijo del ganadero del mismo nombre); y a Santos Juliá, formado en la Pontificia, quien mejor ha escrito de las dos Españas, y el destino quiso que muriera la víspera.