08 agosto 2022
  • Hola

Deforestación cerebral

27 jun 2022 / 03:00 H.

    Después de los intensos días vividos gracias a Salamanca y los salmantinos, a los que me siento más unido si cabe, me hice una escapada a mi Galicia natal, a esa Redondela siempre querida. Independientemente de los títulos, cargos o reconocimientos todos sabemos que las raíces son sagradas, porque como dice la canción, “quien olvida sus raíces pierde su identidad” y nada más lejos de mis intenciones. Son casi treinta y cuatro años haciendo el mismo recorrido, siempre leal a la Nacional 631. Disfrutando de los pueblos sencillos, de la vecina y entrañable provincia de Zamora que uno se encuentra en la carretera, y del hermoso paisaje de la Sierra de La Culebra. Pero esta vez, la mirada se empañaba ante la tristeza que provocaba ver cómo La Culebra había cambiado de camisa. Su piel antes verde, atractiva y atrayente se había convertido en un color negro angustioso, doloroso y, por momentos, en agobiante color de muerte. El olor de la destrucción penetraba hasta lo más profundo, no del cuerpo si no del alma. Parada obligatoria en la gasolinera de Otero de Bodas y conversación a modo de desahogo con quien atendía la estación de servicio. Sus palabras se hacían eco del sentir generalizado de un pueblo y de unas gentes cuyas lágrimas de dolor fueron incapaces de acabar con las llamas de un fuego devorador que crujía los bosques, también las almas y los corazones de quienes contemplaban impotentes el fuego del infierno en la tierra. No se pueden buscar culpables, un rayo no es intencionado pero si aparte de buenas intenciones hubiese buenas decisiones y se hiciera realidad aquello de “es mejor prevenir que curar, o lamentar”, hoy no estaríamos diciendo que se podía haber evitado o, si se hubieran puesto más medios desde el principio, esto no habría pasado. Ante esto uno se pregunta si la deforestación forestal de toda esta zona no tendrá algo que ver con la deforestación cerebral de muchos, que poco a poco, han quemado sus neuronas, en su afán de supervivencia en la poltrona. Refugiados en el bosque de la política particular de sus propios intereses. No se trata de hacer juicios y mucho menos desde la rabia que genera ver a La Culebra desollada, que como buena madre ve cómo quienes encontraban cobijo en sus entrañas han tenido que huir, los que han podido, despavoridos y como pollos sin cabeza. Pero bien es verdad que quizá eso es lo que le falta a muchos de los pollos que nos gobiernan que, sintiéndose gallos de corral, andan perdidos y están tan desorientados como toda la fauna de la sierra de La Culebra. Esto no se arregla con las promesas generosas, no son pocos los que ayer me transmitían su desconfianza mientras sus ojos se humedecían. Ojalá La Culebra recupere pronto su vida y nuestros dirigentes las neuronas.

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