27 enero 2023
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Chamanismo político 5G

18 mar 2021 / 03:00 H.

    Los chamanes han vuelto. Y su influencia parece que irá en aumento en el mundo post-COVID, porque la historia nos enseña que nada alimenta más a estos especímenes que las crisis sistémicas”, escribe Víctor Lapuente en su último libro, Decálogo del buen ciudadano. En esta obra, el politólogo y catedrático en la Universidad de Gotemburgo aborda nuevos derroteros, pero nos recuerda cómo se han confirmado premisas que ya expuso en El retorno de los chamanes.

    Lapuente había contrastado dos formas de entender la política: “la del chamán y la de la exploradora”. El primero representa un perfil muy ideologizado, cargado de indignaciones frente a un mundo que no se ajusta a sus expectativas, y que en aras de su justicia (su, no la) buscará culpables. Culpables que encontrará en los inmigrantes... o en el Ibex 35. A saber. El chamán de un signo u otro siempre tendrá chivos expiatorios que llevarse a la boca. Entretanto, la exploradora encarna un perfil más pragmático y realista, donde no existen soluciones todomilagrosas, ni los programas electorales se presentan como bálsamos de Fierabrás.

    Bajo ropaje fascista o comunista, el chamanismo totalitario tuvo su florecimiento en las primeras décadas del siglo XX; y no hará falta detenerse en sus logros genocidas y represores. Por suerte, la segunda mitad de siglo fue de naturaleza más exploradora. Los partidos que protagonizaban la escena (socialdemócratas, liberales, democristianos...) podían diferir en múltiples aspectos, pero compartían ciertos consensos básicos, y se veían entre sí como adversarios, no como enemigos.

    En la actualidad estamos surcando las primeras décadas del siglo XXI. La reseñada crisis sistémica ha vuelto a entrar hasta la cocina. Y el chamanismo 5G, a un lado y otro del espectro ideológico, proseguirá afianzándose. Más aún cuando nos encontramos el bochornoso espectáculo que la esfera pública ha ofrecido estas dos últimas semanas. No soy de demonizar a la clase política con despotriques generalizadores, pero desde luego que hay jornadas donde los partidos proyectan un mensaje entre infame y descorazonador.

    Tras mociones de censura, convocatorias de elecciones, transfuguismos recompensados, y sorpresivos saltos de aquí para allá, persiste una realidad. Un minúsculo y anecdótico detalle: nos rodea un inmenso abismo sanitario, económico, cívico e institucional. Al parecer, nada de suficiente envergadura como para que la agenda partidista haya aparcado sus cortoplacistas mezquindades. Mientras los chamanes de todo signo y condición se frotan las manos, nos estamos jugando algo más que el resultado electoral de tal o cual sigla. Nos jugamos encarar con desatino o cordura los auténticos desafíos que nos envuelven. Nos jugamos erosionar o no los más elementales principios del Estado social y democrático de Derecho. Un día nos llevaremos las manos a la cabeza; y ese día, ya, será demasiado tarde.

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