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Me pilló el ridículo de la selección de Luis Enrique y de Rubiales en un área de servicio volviendo de Lisboa. Pocas cosas unen más que el deporte y un Mundial es una gran oportunidad para reforzar la moral colectiva, en un país en el que ahora dictan las leyes los que lo quieren destruir. Resulta bonito ver cómo una nación se paraliza en torno a una ilusión.

Por eso conviene poner estas cuestiones en manos de gestores que no antepongan su “ego”, a la esperanza de los demás. Luis Enrique es uno de esos entrenadores a los que les gusta ser el centro del universo, con la excusa de quitarles la presión a los jugadores. Y Luis Rubiales es un gestor, permanentemente bajo sospecha, al que le han venido muy bien las excentricidades del entrenador, para que nadie le recordara sus múltiples cuentas pendientes.

El actual presidente de la Federación entró como un caballo en una cacharrería en el anterior Mundial, cesando a Lopetegui pocas horas antes de empezar el campeonato. Aquella decisión condenó a un buen equipo, a caer también en penaltis y en octavos, después de ganar un solo partido como ahora. Su gestión se maquilló con el espejismo de la Eurocopa en la que España llegó a semifinales, tras ganar solo a Eslovaquia y a Croacia. Y hoy, cuatro años después, estamos ante otro evidente fracaso.

Si malo es el balance deportivo, el de la gestión es aún peor. Porque su presidencia ha estado permanentemente manchada por acusaciones, denuncias, sospechas, detectives e investigaciones judiciales abiertas. Se tendría que haber ido después del escándalo de la Supercopa. Sacar la competición de España de forma opaca y pactar comisiones con uno de los jugadores que participa en ella, debería haber sido suficiente para echarle. Pero ni eso, ni la fiesta de Salobreña, ni lo de su ático, han sido capaces de apearle del cargo.

No sé qué tiene que pasar para que nuestro país tenga un presidente de la Federación mínimamente profesional. Hemos pasado de Ángel María Villar, que no sabía pronunciar la palabra fútbol, que nos castigó seis años con Clemente y acabó en la cárcel, a otro que no hace más que acumular sombras de duda. Por eso la catarsis de Catar ha quedado totalmente incompleta. La purga de Luis Enrique era tan necesaria como lo es la dimisión de Luis Rubiales. Nos merecemos poder recuperar esa ilusión colectiva que despierta el deporte y que es imposible en otros ámbitos.

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