23 agosto 2019
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Ante el Cristo de Cabrera

14 ago 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Quién no tiene una joroba y un gran saco de lágrimas?, se preguntó León Felipe. No pidió que levantara el dedo, para no quedarse sin clientes. Todos vamos por el mundo “de congojas henchidos”, como los que peregrinamos a ese Cristo del campo charro - que tanto impresionó a Unamuno -, para “cerner los pesares”, a cribar en su compasivo cedazo las penas usuales de las más gruesas, imprevistas, dolorosas. El Cristo de Cabrera lleva varios siglos cerquita de Las Veguillas, reconfortando cofrades, devotos y visitantes ocasionales. Si a mediados del XIX mi bisabuelo Bermúdez de Castro – de “Mora de la Sierra” -, logró de varios prelados indulgencias; si ante Él mi abuela paterna recibió los dos sacramentos más importantes, su bautismo y su matrimonio, conservando hasta su muerte la devoción; si al menos en dos ocasiones, las monjas del palomarcito de aquel Carmelo, pasaron la noche en vela por mi culpa, comprenderán que vaya con cierta frecuencia a remecer mis pesadumbres bajo sus plantas. Me gusta hacerlo a solas y cuando Él también está solo. Para que nadie me lo distraiga, que digo yo que me hará más caso, y no suceda lo que, con la madre del cuento de Magín, que o no supo explicarse, o al Cristo se lo distrajeron y quedó preñada su hija, sí, pero no la casada, sino la soltera.

Hoy he recordado en su presencia la escena de “Don Camilo”, en que el padre de Quico se planta frente al sagrario, las piernas abiertas, la escopeta cargada, dispuesto a disparar si su hijo no se cura. El muchacho salió adelante y su padre enfundó el arma, pero en el valle que describe Guareschi dicen que aquella noche Dios pasó miedo.

El poema de Unamuno sostiene – y yo he comprobado -, que ante ese Cristo las penas se adormecen. No sé si es una ventaja solamente de los que tenemos fe, porque aseguran que también reconforta a los demás. Hay que hablar a corazón abierto, ¡pero solo con Él! Porque tenía razón el abuelo de mi “tío” Serafín, de “Tuta”, al que el suyo le aconsejaba: “No le cuentes tus penas a los amigos, ¡que los divierta su padre!”. Así que no me pregunten.