11 agosto 2020
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Ana Pastor, esa dama de la política

06 mar 2019 / 03:00 H.
Marian Vicente
Desde la tribuna

No fue la primera presidenta del Parlamento nacional. Ni la primera en ocupar un ministerio, primero Sanidad con Aznar y después Fomento con Mariano Rajoy. Pero ha sido una de las mujeres que ha dejado huella allá por donde ha pasado, por su capacidad trabajo, su sentido común y su compromiso con la política en el sentido literal de la palabra.

Esta mujer sencilla y de apariencia frágil es una dignísima representante de lo que debe ser la lucha de la mujer por alcanzar la igualdad. Y lo ha hecho sin llevar más pancarta que la de su trayectoria profesional.

Tal vez el mejor ejemplo de su labor ha sido su último destino político, y espero que no sea el último: el Congreso de los Diputados. Sin alzar la voz más de lo necesario, con mano izquierda, aunque sin temblarle el pulso, ni siquiera cuando tuvo que reprender a los de su propio partido y con una meta clara: dignificar la institución a la que representó en los últimos casi tres años.

Se supo ganar el respeto de todos en una legislatura que posiblemente ha sido la más compleja de la democracia. Una legislatura en la que han intentado que la bronca y el desprecio se impusieran por norma, en la que no han faltado las descalificaciones, las palabras gruesas, las salidas de todo y hasta los escupitajos en los escaños y en la que algunos han querido convertir la sede de la soberanía nacional en una suerte de circo de segunda.

Ningún hombre, de todos los que han estado al frente de las Cortes las han dignificado tanto en medio de tantas dificultades y de cambios extraordinarios. Un parlamento sin mayoría absoluta del partido al que ella representaba, una moción de censura no solo contra su presidente, sino también contra su amigo y un parlamento que ha acogido a los diputados más siniestros, intolerantes y maleducados de cuantos han ocupado escaño en la historia del parlamentarismo español.

No pocas veces intentaron a base de provocaciones grotescas que perdiera los papeles, pero nunca lo hizo. Nadie se lo ha puesto fácil, ni siquiera sus propios compañeros de partido, sobre todo raíz de la moción de censura que desalojó a Mariano Rajoy, su compañero y amigo, del Gobierno.

La semana pasada, cuando Ana Pastor se despidió con voz entrecortada de sus señorías, haciendo un homenaje a las mujeres y acabó con la frase: “valió la pena por ustedes, por España y por los españoles” todos, sin excepción, se levantaron de sus escaños para darle un sonoro y cerrado aplauso, y algunos con lágrimas en los ojos —también de la izquierda podemita—. Prácticamente sin excepciones han reconocido sin rubor que ha sido una extraordinaria presidenta del Parlamento, tal vez la mejor.

Trabajadora infatigable, leal, discreta en su vida personal y política, Ana Pastor hubiera sido una muy buena candidata a la Presidencia del Gobierno. Ahora que todos los partidos políticos han apostado por un perfil más o menos semejante y donde parece primar más la juventud que la experiencia, el ruido que la prudencia y los excesos verbales más que los hechos relevantes, la exministra hubiera roto moldes no solo por ser mujer, sino por ofrecer a la sociedad una alternativa seria y con todo el sentido común del mundo.

No podrá ser. No quiso dar el paso cuando Rajoy se despidió de la política para convertirse en un simple ciudadano. Pero Pablo Casado todavía está a tiempo de recuperar para su lista por Madrid al mejor fichaje que se puede hacer. En experiencia, capacidad de trabajo y sentido del deber, hay pocos y pocas que puedan hacerle sombra. A veces no hace falta buscar fichajes “estrella” para el número “dos” de una candidatura fuera del partido cuando tienes muy cerca a los mejores o a las mejores —como ustedes prefieran— para hacer un buen servicio a España.

Por lo menos sabemos que el sentido común serán la guía en cualquier trabajo que le encomienden a Ana Pastor en un momento que nuestros políticos andan bastante carentes de él.