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Aborto: fuera extremismos

Lunes, 5 de septiembre 2022, 05:00

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El debate suscitado a raíz de la aprobación de la nueva ley del aborto ‘made in’ Irene Montero se ha convertido en una pelea en el barro repleta de sectarismos y con poco o nulo sentido común. Es lo peor que puede ocurrir en una controversia de estas características. Que solo se oiga a la voz de los que se mueven en los extremos de la cuerda. Es decir, los que banalizan el aborto presentándolo como un método anticonceptivo más obviando su carácter traumático. Y, por otro lado, los que, en base a sus normas morales, niegan la posibilidad de que una mujer pueda interrumpir su embarazo por unas causas que son tan personales como respetables. Es por ello que me parecen muy oportunas y certeras las palabras pronunciadas la pasada semana por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. Vino a decir que no se puede quitar el derecho a abortar a una menor de 16 o 17 años, pero consideraba inadecuado que los padres no estuvieran informados de esa decisión. Un posicionamiento sensato alejado de los extremismos de los acólitos de Irene Montero y de los que se inmiscuyen en una decisión tan sumamente íntima.

Siempre he rechazado que los políticos metan el cuezo en los cuerpos y en las camas de los ciudadanos. Uno de los principios del liberalismo (ese que algunos solo practican en el terreno económico, pero no en el social) es precisamente que el individuo tome las decisiones que considere en cuanto al tipo de familia que quiere formar, con quién desea acostarse, si desea poner fin a su vida para evitar más sufrimiento o si opta por detener un embarazo no deseado. Eso es algo sagrado que está por encima de ideologías, religiones y moralinas. Es lo que en definitiva ha venido a defender Díaz Ayuso, en una postura que me recuerda a la que ya tuvo en su día en el PP la maltratada Cristina Cifuentes o incluso Celia Villalobos.

Otra de las manías de determinada clase política es tratarnos como completos idiotas. Aleccionarnos con sus principios para evitar que nos hagamos preguntas y, en definitiva, que estemos informados. Porque la clave del aborto o la eutanasia es precisamente la información. El que todos y cada uno de los españoles seamos conscientes de las posibilidades que tenemos a nuestro alcance y, en base a eso, tomemos una decisión que nunca dejará de ser muy dura y difícil. No nos pueden vender el aborto como la panacea. Como un proceso liviano al que se puede recurrir siempre que se quiera. Ese el discurso de una izquierda radical que ha confundido un derecho con una imposición. La interrupción del embarazo es el último recurso. Primero habrá que reforzar la educación sexual en las escuelas y luego no descuidar como se ha hecho la difusión de los métodos anticonceptivos. Si a pesar de todo una mujer se queda encinta sin pretenderlo, debe conocer los recursos que tiene a su disposición. En este sentido me parece sensacional el trabajo que se hace en centros como el Materno Infantil Ave María de Santa Marta. Cualquier joven que se encuentra en esa complicada tesitura debe tener esa otra información. La que Montero y su Ministerio se dedican a silenciar en lugar de otorgar más recursos a la maternidad y a la conciliación. Una vez que todos los itinerarios posibles están sobre la mesa, la resolución final será más fundamentada.

Creo que una joven de 16 o 17 años tiene en pleno siglo XXI la misma madurez o más de la que tenía una mujer de 18 o 19 hace tres décadas. Tal y como asegura Díaz Ayuso, nadie les puede imponer una vida que no quieren llevar. Ni tan siquiera sus padres. Pero otra vez no podemos caer en los extremismos y apartar a sus progenitores de semejante proceso. Es una locura que ni tan siquiera puedan estar al tanto de lo que va a hacer o dejar de hacer su hija menor. Tienen derecho a opinar y aconsejar y, al mismo tiempo, la obligación de respetar el camino que escoja. Pero que un político se tome la libertad de apartarlos de un plumazo es intolerable. Una medida tan innecesaria como provocadora que enfanga un debate viciado y alejado del sentido común.

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