16 agosto 2022
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El año de Alejandro Marcos

En la localidad madrileña de Valdemorillo estrena la temporada clave de su carrera. A Alejandro Marcos le llega el momento de empezar a ratificar las ilusiones que despertó y con las que se hizo notar el pasado curso en el que se destapó como una de las revelaciones apostando por el buen toreo. El domingo se enfrenta a un encierro salmantino de Montalvo, junto a Antonio Ferrera y Miguel Ángel Perera

03 feb 2022 / 10:05 H.
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La cita se fijó en el Museo taurino. Un paseo por la historia con un diestro llamado a ser uno de los nuevos referentes del futuro taurino en Salamanca. Una apuesta por la calidad y la elegancia. Vive en torero. Así lo siente y así se muestra. No hay duda. Alejandro Marcos viste jersey de cuello alto en tono camel bajo una americana azul marino, en la que asoma con timidez en el bolsillo del pecho izquierdo un pañuelo estampado en los mismos tonos. Pantalón vaquero, sujetado por un cinturón ancho de piel bien ajustado y unas elegantes y modernas botas. La elegancia de un joven de su tiempo. Paseamos entre los recuerdos y se le contiene el alma cuando entramos en la sala de Julio Robles. Su paisano e ídolo. Cuando el maestro viajó a la eternidad él apenas tenía siete años. Hoy sigue su estela. Apuesta por el mismo palo. Y lo tiene como uno de sus referentes. Se fija en los vestidos, en los bordados, en los colores... Y lo explica todo con precisión milimétrica. Le cambia el pulso y hasta el tono de voz, pierde su vista fijándose en los imponentes retratos. Esa mirada fija une más de treinta años de historia. ¿Qué siente cuando ves estos vestidos? Le pregunto ante los tres ternos con los que Robles salió a hombros por la puerta grande de Las Ventas: “¡Emoción! Y la añoranza de no haber podido vivir esa época. Admiro tanto al maestro Robles que siento esa pena de no haber podido vivir esos años. Ahora tengo la responsabilidad de acercarme aunque solo sea un poco a su sombra y que la gente de La Fuente de San Esteban siga teniendo el orgullo de sus toreros como en su día también tuvo con los maestros Pallarés y Juan José”.

Hasta septiembre saborea, a la vez que trata de asimilar, el título de triunfador de la Feria de Salamanca. Lo que no hace tanto tiempo ostentaban los toreros que admiraba sin disimulo, hoy lo disfruta en carne propia. Una faena de ensueño ante un toro de Galache la pasada Feria le otorgó el premio más consistente de una trayectoria fraguada a fuego lento que se encuentra en plena ebullición a la espera de un golpe definitivo. El domingo en Valdemorillo estrena una temporada clave en su carrera. Ahí empieza el año de su vida en el que, según sus propias palabras, no tienen sitio las excusas: “No quiero pasarme el resto de mi vida lamentándome de lo que pudo ser y no fue”, dice.

–¿Cambia la mentalidad, la preparación, la forma de afrontar una temporada cuando siente que se habla de usted más que nunca?

–En mi día a día no, llevo la misma preparación que siempre. Sí aumenta la responsabilidad de saber que ahora sí hay gente que va a contar conmigo y hay muchas ilusiones puestas en mí. Lo asumo con la tranquilidad de seguir haciendo el mismo trabajo que he realicé estos años de atrás que son los que me han llevado hasta aquí.

–¿Siente saber que tras la Feria ya se ha convertido en una de las grandes ilusiones de Salamanca?

–Sí, claro, pero siendo cauto, y sabiendo lo mucho que me queda por recorrer. Vives en el día a día, estás en las redes sociales y notas que has llegado a más gente y que la temporada sirvió para dar un paso hacia adelante. Aún es pronto para lo que quiero, pero sí es cierto y no te voy a negar que noto que se me conoce más allá de Salamanca.

El año de Alejandro Marcos

–¿Cómo se produce ese cambio de actitud y esa nueva dimensión?

–El tiempo de pandemia lo aproveché, los meses que estuvimos en casa me sirvieron para formarme más, para centrarme en el concepto que busco. Trabajar sobre una manera más precisa lo que me gusta. Eché muchas horas solo, me encontré a mí mismo y eso también fue clave. Al final entras en la rutina de entrenar, hacerte toros y te preocupas menos de tí. Gané un año en salir a la calle. Afronté esos 18 meses sin vestirme de luces y, aunque parezca negativo, para mi fueron buenos porque me sirvieron para crecer sin que me vieran. Cuando me vieron había experimentado ese cambio.

–Y apareció ese concepto más puro y clásico, más asentado, más diferente a ese torero superficial y de buenas maneras. Y ahí se intuye esa madurez que aún no tiene...

–Al final te das cuenta y ves la historia del toreo y lo que perdura no es ponerte bonito, sino la hondura, envolver a los toros en los trastos, darle profundidad, ralentizar las embestidas, una colocación muy de verdad. Eso es muy difícil, pero a base de horas, de entrenar día a día en esas cosas se logra. Ese es el plus que he conseguido y el que sigo buscando. Con estética puedes nacer, pero la hondura se trabaja y es lo que te hace perdurar en la memoria de la afición.

–De esas siete tardes de 2021, ¿cuál fue la más importante, más allá del triunfo y del escenario?

–La de Arévalo, la primera. Después de tanto sin torear. No fui presionado pero sí con la incertidumbre de cómo iba a responder. Sabía que en el campo me salán las cosas, pero al final el toro es el toro y la plaza es la plaza. Esa tarde me sorprendí de la tranquilidad con la que la afronté y la naturalidad con la que estuve. Y esas sensaciones me dieron mucha fe en mí.

–Sumó triunfos todas las tardes, puntuó en su estreno en una plaza de primera como Bayona (Francia) y llegó a Salamanca dentro del boom de Morante. Y ahí lo más sorprende fue la capacidad para no empequeñecerse en aquella explosión de arte e incluso para imponerse y salir triunfador.

–No lo sé, imagino que la tranquilidad que me daba saber que confiaba mucho en mí. Hago muchos ejercicios de autoconfianza porque al final, antes de torear te atacan mil dudas y cuando ves a un genio de ese nivel (Morante) tienes que estar muy seguro de ti y de que va a salir todo como quieres. El ambiente que se vivió no hizo más que soltarme y motivarme.

“No quiero lamentarme el resto de mi vida de lo que pudo ser y no fue”

–¿Esa presión se nota?

–Claro que se nota. E impone, pero la verdad que siempre me he sentido un afortunado de poder estar ahí. Al final, era el torero con el que más me apetecía torear en mi tierra, una plaza y una ganadería especial... Tuve más sensación de ser un afortunado por estar en ella que el sentimiento de presión.

–Esa tarde de Salamanca le dio el pasaporte para disfrutar el invierno, que para un torero es clave.

–El invierno lo llevo de una manera no más tranquila, pero sí más ilusionante: igual que en 2021 todas las oportunidades que me dieran la gente las iba a recibir bien, porque nunca había tenido una oportunidad real buena, sin embargo este año sí sé que las voy a tener. Hasta ahora no podía perder nada porque no lo tenía, ahora sí. Ahora ya también puedo perder. Ese es el reto y la responsabilidad.

–¿A qué tiene ahora miedo?

–A fallar a esa responsabilidad. Un torero convive con la incertidumbre de qué pasará en la plaza al día siguiente y, por bien que entrenes, siempre hay dudas. Sí que es verdad que desde pequeño he sido muy aficionado y he querido y admirado a los toreros de Salamanca. Ver ahora que soy el torero que primero voy a empezar la temporada es una ilusión tremenda que me hacer recordar aquello y ver en mí la ilusión que tenía en otros cuando yo era un niño.

–¿En qué ha mejorado?

–Intento hacerlo todo con más poso y reposo. Torear más despacio, ordenar mis faenas. Antes quería hacer mucho en poco tiempo y ahora trabajo en darle más orden.

El año de Alejandro Marcos

–La parternidad recién estrenada en octubre, ¿cómo influirá?

–Es una de mis incertidumbres. Ser padre me ha hecho muy feliz y me ha cambiado la vida. Cada día llego a casa con una ilusión nueva y espero que se vea reflejado ante el toro de forma positiva.

–¿Y se arriesga más o menos?

–No cambiará. Cuando voy a una plaza no voy pensando que me voy a morir ni a que me voy a jugar las piernas. Voy pensando que hay que estar bien y de verdad, en hacer algo bueno que guste.

–Esos triunfos le llevarán a afrontar los retos clave de su vida. ¿Siente que es el momento?

–El tiempo dio la razón a quien me dijo que esperase. Y ahora sí me siento preparado para la confirmación y lo que venga. Han pasado cinco años de mi alternativa, los dos primeros creía que estaba, pero ahora me veo en vídeo y me doy cuenta que hubiera sido un error. Ahora estoy listo para que pase algo importante de verdad.

–¿El ejemplo del cartel de Valdemorillo (dos figuras con un torero con proyección) es el rumbo que debe retomar la Fiesta?

–Es importante y muy necesario, que se tomen estas iniciativas y ojalá sea el devenir de todo el año. Es una oportunidad muy importante, es clave para dar un golpe de autoridad de cara al futuro.

–¿Sabe que está ante el momento clave de su vida taurina?

–En el toreo, el tren pasa una vez y el mío es este. Hay que estar tranquilo de que uno está haciendo bien las cosas, pero estar responsabilizado de que cuando te dan oportunidades no se pueden dejar escapar. Luego no te puedes tirar 20 años viviendo de la pena y lamentándote del “si hubiera...”. Son cuentos, aquí es muy difícil remontar. Y con esa responsabilidad llego cada día a casa. Y se que sí, que el año del tren va a ser este. Y me tengo que subir como sea.

–¿Se prepara para el fracaso?

–Yo sí, me he visto en situaciones en las que no he toreado. He tenido que ponerme a trabajar en la empresa familiar para compaginar mi vida de torero. Nunca he tenido una perspectiva como ahora, pero el fracaso sí lo he vivido. Se lo que es y esa vida no me gusta.

–¿Cómo se vive ahí?

–Regular. El toreo es una profesión vocacional y pasional que no la encuentras en otro ámbito. Por lo menos yo, artísticamente es a lo único que me dedicaría, para lo demás soy nefasto. Tengo la suerte de que es una empresa familiar que desde pequeño me llamó la atención, pero claro, es un trabajo.

–El toreo no está en el momento de esplendor que nos gustaría, ¿saldrá tocado de esta o reforzado?

–Esta pandemia ha hecho un filtro. Van a perdurar las cosas con más categoría, las ferias, donde se hagan las cosas bien. Por contra, se van a perder pueblos, novilladas en sitios puntuales, claves para el futuro. Los novilleros tienen la situación más crítica, es aterrador porque no hay oportunidades.

–¿A qué se aferra uno para mantener esa ilusión?

–A uno mismo y a la afición. Para sobrevivir en los tiempos en los que uno no torea hay que tener mucha afición. Tener un objetivo ambicioso, en cuanto a ser mejor torero. Y eso es lo que te hace no pensar y no agobiarte en si vas a torear más o menos. Al final de lo que me he preocupado es de ser mejor torero, mejor torero, mejor torero...

El año de Alejandro Marcos

–¿Cree que su hijo irá a las plazas cuando pasen 20 años?

–Eso me preocupa. Me preocupa porque tengo un cuñado de 9 años y lo que te cuenta de lo viven en el colegio, lo que escucha, de la educación que le están dando y creo que está haciendo una labor peligrosa para que vean el toreo como algo lejano, malo, arcaico. Eso sí me preocupa. Están atacando en las generaciones menores, cuando tengan sus 20 años y su personalidad y quieran abrir la mente para conocerlo, se darán cuenta de que el toreo es algo tan grandioso que poco tiene que ver con lo que le cuentan.

–Si mira al otro lado, con todo en contra, aparece en Salamanca con una Juventud Taurina con más de 700 socios...

–Por eso soy optimista porque la juventud cuando tiene inquietud y le dan la oportunidad de conocer el toreo se engancha. Y no pasa solo en Salamanca.

–Y así, aparece en Salamanca Marco Pérez, el niño de 14 años que tiene entusiasmado a todos...

–Eso además de un milagro da mucha fuerza, porque muchos niños ya quieren ser como Marco. Es super especial y le deseo lo mejor; nunca vi a un niño torear así.

–Y Alejandro Marcos, cuando sale de su ámbito taurino, ¿le miran como un bicho raro cuando dice que es torero?

–Antes estaba más acomplejado en ese sentido, y no tiene que ser así. Es algo para estar orgulloso y así lo digo. Sí que es verdad que también depende, cuando estaba en la Facultad me daba hasta vergüenza, en aquel ambiente sabía que no me iban a respetar. Ahora, con 27 años, ya te rodeas de gente más madura, la mayoría de la gente por no decir toda, cuando te conocen, sí que valoran mucho, incluso los antitaurinos respetuosos. El que no respeta, no respeta ni al torero ni a su padre. Con esos no hay que perder el tiempo.

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