28 septiembre 2021
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Crónica | Cuarta de abono de la feria de Salamanca: El toreo es caricia

Tarde memorable de Morante de la Puebla que revolucionó La Glorieta y encontró la réplica maravillosa de Alejandro Marcos, que salió por la puerta grande ante un nobilísimo encierro de Francisco Galache

13 sep 2021 / 16:44 H.
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Tres lances sin compromiso, soltando la tela por alto y sin exigencia sirvieron para que Morante descubriera el secreto escondido de los galaches. Bondad y nobleza a raudales y una fortaleza cogida con alfileres. El mimo, el temple, la suavidad y la caricia entraban en escena para gozar el toreo. Comenzaba así una tarde memorable con la interpretación más pura, el más clásico, el eterno en primera línea para reivindicar la grandeza de un espectáculo único en el que nadie puede dudar de que el toreo es arte. Y asunto de los elegidos.

A la corrida de Galache apenas hizo falta picarle. Las embestidas fueron puro almíbar. Pero pedía toreros exquisitos capaces de paladear su esencia. Y ahí entró Morante. Voló el capote como alas de mariposa en el quite por chicuelinas que llenó de torería La Glorieta, una plaza que acabó ebria. Mimo y suavidad en el inicio con la muleta por alto, con muletazos larguísimos que eran puro temple. Un desarme le dejó con el molde, antes hubo un cambio de mano que no ha acabado. El toreo al natural le dio carácter de acontecimiento al asunto. Ofrecía el vuelo del engaño para enganchar y conducir la embestida al ralentí con un látigo de seda que invitaba a seguirlo sin descanso. Era el toreo más puro basado en el equilibrio de la medida, para saber administrar y gozar el regusto de una embestida única. No había ligazón, pero cada muletazo era una escultura. El toro estaba al límite de todo y, sin embargo, la bondad salpicaba a borbotones. Tuvo la importancia de aguantar un trasteo que no fue fácil de soportar por la exigencia del toreo más puro, el que no está al alcance de cualquiera. Tampoco de los toros mediocres. Hubo pasajes bellísimos. No hacía falta la música porque la sinfonía era la del toreo acompañada del olé más sentido. El que brota del alma y sale de lo más profundo. En las postrimerías hubo una tanda de derechazos colosal. Y luego las reminiscencias del toreo dieciochesco con adornos y desplantes rodilla en tierra. Como su Joselito El Gallo hacía, cogió al Galache de un pitón. Todo resultó delicioso. Con el ambiente aún incapaz de asimilar tal derroche de torería, el rosario de pinchazos devolvió a las almas al espacio de los mortales.

Entre medias de sus dos faenas, se ratificó que El Juli estaba en una fiesta que no era suya. Como si nadie le hubiera invitado. O que Morante le había descolocado. Y en ese pasaje apareció Alejandro Marcos, que no venía de convidado de piedra. Firmó un imponente saludo a Parrerol; en el que fue pura entrega, pura pureza, verdad, asiento con los talones hundidos, clavado el mentón en el pecho... Y así manejó el percal con una esencia bárbara. Cada lance fue un acontecimiento. Cada uno un monumento a la verónica. Fue ganando pasos para rematar en el platillo con una media sublime. La plaza bramó y rugió como no lo había hecho en la Feria. La faena no pasó de los detalles. Lo más caro fue, ya con el acero en la mano, una tanda al natural a pies juntos, ofreciéndole todo el pecho a su oponente y toreando con una hondura exquisita.

El toreo bueno espolea a los genios. Y no hay otro como Morante, que está desatado. Gandeotillo se le tuvo que meter por los ojos al aparecer. O lejos de eso le revolvería su orgullo de figura de recordar cómo toreó de capa el de La Fuente. Y se tiró de rodillas para soltarle dos faroles, el segundo enroscado al cuerpo que hizo saltar al público como un resorte. Luego largó tela por alto. El galleo por chicuelinas resultó como una sentida nana. En el tercio de banderillas, paró a la cuadrilla en el segundo par, para enardecer él con los palos. No se puede ejecutar la suerte con más pureza y ni más verdad. El par fue soberbio. Y la faena de muleta otra obra maestra. No fue contundente, ni redonda. Fue desordenada y por eso genial. Estuvo preñada de torería, verdad, gusto y esencia. No se puede torear más despacio, el toro se fue agotando pero todo resultó glorioso. El pinchazo fue una anécdota, la estocada inmediata cumbre. La estocada de la Feria. El presidente incomprensiblemente no se unió a la Fiesta. Naufragó y fue en contra de toda la plaza rendida al arte. Morante había hecho tantas cosas y tantas buenas que se lo tendrían que haber llevado en volandas igual. Carlos Miguel ni apreció ni saboreó una tarde histórica.

Si Morante había concitado a las musas, todas cogieron butaca de privilegio para admirar a Alejandro Marcos con Gandillito, el sexto. Empujó como nadie en el caballo, no le sobraron las fuerzas pero resultó un superclase en la muleta. Y no podía encontrar a un mejor torero. El de La Fuente estuvo imponente en una obra de las que están a la altura de los elegidos. Por la despaciosidad, por el gusto, por el mimo y por la verdad con la que toreó. Estuvo además inteligente para administrar la reserva de la bravura excelsa del Galache. Acertó en la media altura en la serie que abrió su sinfonía, asento al toro y luego ya todo resultó prodigioso. Por el cuajo y la distinción. Una faena para gozar, saborear y paladear. Puro ritmo. Todo fue armonía, con la distinción de la despaciosidad que es como torean los genios. Y la variedad con las que abrió y rubricó las series donde se dio cita la improvisación y la originalidad. Fue importante todo lo que hizo, como lo hizo y cuándo lo hizo. Torear tras Morante no debe ser sencillo. Y Alejandro se subió al pedestal de los elegidos. Un gusto todo. Una delicia. El toreo hecho caricia. Como el de Morante. Fue eso. Una caricia eterna.

Ficha del festejo

‘No hay billetes’ desde las doce del mediodía, en tarde con sol y entoldada tras el segundo. Empezó con 30º y acabó con 24º.

6 Toros de Francisco Galache, encierro de preciosa lámina, entipado y de buenas hechuras, en el que predominó la nobleza y primó la falta de fuerzas. Cinqueño al completo. Noble y con calidad el 1º; a menos el deslucido 2º; con nobleza el 3º aunque le costó rematar; dulcísimo el 4º que se vino a menos en la entrega y en el recorrido; humilló pero no acabó de rebozarse el 5º; y noble y de excelente calidad el almibarado 6º que, por encima del 1º, fue el más completo del envío.

Morante de la Puebla (caña y oro)

Seis pinchazos —ovación tras dos avisos—; y pinchazo y gran estocada —oreja con abrumadora petición de la segunda que deniega el presidente—.

El Juli (catafalco y oro)

Casi entera rematada con dos descabellos —silencio—; y tres pinchazos y estocada —silencio entre una leve división—.

Alejandro Marcos (lila yoro)

Pinchazo y pinchazo hondo —saludos—; y estocada —dos orejas—.

Duración del festejo: 2h. y 20 min.

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