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Cuando Salamanca renegó de su símbolo y arrojó al Tormes el toro del Puente Romano

Cuando Salamanca renegó de su símbolo y arrojó al Tormes el toro del Puente Romano

El primer gobernador civil hizo derribar en 1834 el toro del puente al considerarlo un símbolo de castigo impuesto por Carlos V tras la rebelión comunera. Permaneció en el río casi 33 años

Roberto Zamarbide

Salamanca

Domingo, 17 de marzo 2024, 13:07

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Muchos salmantinos desconocen que su escultura más antigua pasó casi treinta y tres años en un basurero en el fondo del río y otros 87 de exilio de un lugar a otro. Podría creerse que el «toro de la puente», la talla de piedra prerromana que Salamanca honró como símbolo colocándolo en su escudo, ha presidido la entrada sur de la ciudad durante más de dos siglos. Pero no es así. A mediados del siglo XIX, una especie de revisionismo histórico mal entendido en plena exaltación liberal precipitaron a la muerte del rey Fernando VII la «cancelación» –en lenguaje de hoy– del verraco ibérico. La ciudad linchó oficialmente a su figura más preciada en una espiral de edictos demenciales que hoy se ve surrealista.

La historia de este despropósito histórico tuvo su origen, curiosamente, en las Cortes de Cádiz de 1812. Un decreto emitido el 26 de mayo de 1813 ordenaba a los Ayuntamientos destruir los signos de vasallaje existentes en sus términos como consecuencia de la abolición del régimen señorial. Este gesto de reacción al absolutismo no llegó a tener resonancia en Salamanca hasta 1821, según señala la profesora Paz Alonso, autora del estudio «Sobre la destrucción de los símbolos de vasallaje en Salamanca» (2018).

En pleno Trienio Liberal tras el levantamiento de Riego, el rey Fernando VII había jurado la Constitución de Cádiz y, al cumplirse 300 años de la revuelta comunera en Castilla, el movimiento de Padilla, Bravo y Maldonado era evocado como símbolo de la lucha contra la tiranía y a favor de las libertades. El jefe político -gobernador- de entonces, Jacinto Manrique, quiso apelar al espíritu del decreto de 1813 y en un intento de ensalzar la imagen de los comuneros se dirigió al Ayuntamiento de Salamanca reformulando los llamados «signos de vasallaje» y reclamando la eliminación de símbolos de lo que consideraba «baldones y emblemas de afrenta y degradación».

Así, Manrique solicitaba un informe de expertos sobre una serie de relieves y esculturas con los que en su opinión se pretendió en su día deshonrar a los vencidos. La lista incluía blasones con yugos, relieves de águilas y otros animales, retratos de personajes históricos y varios verracos, como «la masa informe de piedra que hay en el Puente (que llaman Toro malamente en mi sentir) y que es semejante á la que hay en Ciudad Rodrigo (...) y en otras ciudades y pueblos que siguieron á los comuneros».

A pesar de una Comisión de la Universidad desmontó cualquier vínculo de estos símbolos con afrentas derivadas del movimiento comunero, el Ayuntamiento se prestó servilmente a obedecer e hizo eliminar la mayor parte de ellos. El toro –que era toro y no verraco, a juicio de la comisión– fue respetado. Pero el bulo que amenazaba al símbolo de piedra estaba ya sembrado. Fue en 1834, tras la muerte de Fernando VII y en un escenario nacional turbulento propiciado por el levantamiento de los carlistas, cuando el primer subdelegado de Fomento, José María Cambronero, se encargó de apuntillar al toro indultado una década antes. Una circular publicada en el Boletín Oficial de la Provincia el 25 de junio de 1934 volvía a la carga ordenando el derribo e inutilización de todos los «monumentos de barbarie» que simbolizasen horcas y patíbulos, como rollos y columnas. Se indicaba además que los escombros deberían ser destinados a obras de utilidad pública.

Pese a que en lugares como Ledesma se aprestaron a derruir un rollo en el mercado y dos marranas de piedra por ser «reliquias del vasallaje afrentoso del pueblo», Cambronero no quedó satisfecho y repitió su llamamiento en octubre. Fue la puntilla para el toro. El día 18, y bajo el irónico título de «Aviso a los anticuarios», un texto remitido al Boletín Oficial de la Provincia de Salamanca confirmaba que el toro que había presidido durante tres siglos el castillete central del Puente Romano yacía decapitado en un basurero en la margen del río Tormes. El autor del texto, E.V.D.R., animaba a los curiosos a acercarse a verlo «antes que acabe de ser empleada en los cimientos de alguna obra, como lo ha sido la cabeza».

No existe constancia histórica de cómo se sucedieron los hechos, pero sí de las quejas y protestas que despertó este atentado al patrimonio alentado desde las instituciones. El mismo autor lamentaba «el atraso de nuestra nación en arqueología» y condenaba la destrucción de un símbolo local «precisamente en la misma ciudad de Salamanca, que siempre se ha tenido por el depósito de las ciencias y la reunión de los sabios».

La ofensiva contra los supuestos símbolos del vasallaje también se llevaron por delante en esos días otras dos figuras de toros «de igual antigüedad y mejor conservadas» en Contiensa, alquería de Ledesma, y Tordillos. El verraco de Ciudad Rodrigo también sucumbió y fue arrojado al Águeda en algún momento de la década de los 20 tras una visita de Manrique y una visita respuesta del servil alcalde de turno. Más tarde sería recuperado.

Cambronero dejó Salamanca en 1835, el deteriorado castillete huérfano de toro fue derribado en 1852 y la figura permanecería semienterrado a orillas del río hasta 1867. La Comisión Provincial de Monumentos, creada en 1837, tardaría nada menos que 30 años en abordar el asunto, tal vez desbordada por el ingente volumen de patrimonio artístico que pasó a manos públicas tras la Desamortización.

Arrastrado por 7 mulas

El 18 de febrero de 1867 la Comisión de Monumentos – de la que por entonces era secretario Modesto Falcón y miembro José Villar y Macías– solicitaba al alcalde Tomás Sánchez Ventura una pala para recuperar el toro, «signo de una raza poderosa que ha servido probablemente de origen a las armas de Salamanca», y llevarlo a las dependencias del Museo Provincial de Bellas Artes, situado entonces en el convento de San Esteban. Pero la tarea no fue fácil. La cabeza del toro parecía empotrada en el pretil y hubo que pedir permiso a jefe de Obras Públicas para actuar. Ante la falta de un vehículo apropiada para llevar tal pesada carga desde el puente romano a San Esteban, se solicitó ayuda al empresario Mariano Solís, que cedió desinteresadamente un carro francés y siete mulas de arrastre.

El costoso traslado se llevó a cabo el 18 de junio entre una gran expectación popular, según reflejo la crónica publicada en el diario «La Provincia». Se comprobó que la figura de piedra se había partido por la mitad en la caída y la cabeza había desaparecido. El conjunto trató de asegurase mediante grapas, pero estas se desprendieron por el camino.

Reparado como se pudo, el toro permaneció en San Esteban hasta que fue trasladado en 1934 a la nueva sede del Museo de Salamanca, en el Patio de las Escuelas Menores. Tras una estancia temporal en la Casa de las Conchas, el siguiente traslado llegó en 1948, cuando pasó a la actual sede de Casa de los Abarca.

Fue el penúltimo gran viaje del «toro de la puente». Pocos años más tarde, la conmemoración del IV centenario de la publicación del Lazarillo de Tormes le devolvería a la entrada al Puente Romano, donde lo situaba la narración de la obra cumbre de la literatura picaresca. Pero los vaivenes con el toro de un sitio a otro no terminarían ahí.

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