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Así fue el primer vuelo sobre Salamanca

Así fue el primer vuelo sobre Salamanca

Fue la primera vez que un aparato más pesado que el aire sobrevolaba la ciudad. Miles de salmantinos presenciaron el 16 y 17 de septiembre de 1911 el entonces grandioso espectáculo en el prado Panaderos, junto al actual Helmántico

Roberto Zamarbide

Salamanca

Domingo, 19 de mayo 2024, 21:03

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«Por primera vez un hombre se ha remontado en el espacio de tierras castellanas y ha recorrido leguas y leguas en vuelo triunfal». El entusiasmo empapaba la crónica de la prensa local, que ensalzaba la trascendencia de un histórico momento: los salmantinos habían visto volar un avión. Entre los protagonistas del acontecimiento, uno sobre todos: el aviador francés Léonce Garnier. Y el escenario, la celebración del raid aéreo Salamanca-Valladolid con motivo de las Ferias y Fiestas de 1911. Cuatro alados pioneros lo intentaron, pero solo uno completó el objetivo de volar entre ambas capitales y regresar de una pieza.

Fue esta carrera una de las primeras exhibiciones aéreas que pudieron verse en España. Apenas año y medio antes, en febrero de 1910, el francés Julien Mamet despegaba en su monoplano Blériot XI hacia el cielo de Barcelona y España entraba en la historia de la aviación, siete años después del vuelo de los hermanos Wright. El Ayuntamiento de Salamanca contactó ese año con la Sociedad Española de la Aviación y la Sociedad Mercantil de Salamanca para celebrar un concurso aéreo durante las Ferias de septiembre. Se reunieron a las fuerzas vivas de la ciudad, se escogió el emplazamiento del campo de aviación y hasta se organizaron trenes desde Oporto para asistir al evento en el que Garnier proyectaba «batir« el récord aerostático de las mesetas castellanas». Pero un accidente sufrido el 7 de septiembre en Gijón y un temporal posterior obligó a retrasar el espectáculo, que terminaría por suspenderse.

Pero el raid Salamanca-Valladolid se haría realidad al año siguiente. Desde junio fue tomando forma la «Semana de la Aviación», que uniría el 15 y el 16 de septiembre con una etapa de ida y otra de vuelta a las dos ciudades en Ferias. Cuenta Francisco Morales en «Matacán. Alas de Salamanca» cómo el pradoPanaderos, «que venía sirviendo para pasto de los toros que habrían de liarse», fue objeto de una exhaustiva limpieza para acabar con cardos y junqueras. Allí se levantaron cuatro amplios hangares, tribunas para autoridades, jurado y prensa, cincuenta palcos entoldados, restaurantes, retretes, dos tiendas más para telegrafía, un puesto de teléfono y un pabellón sanitario con escalinatas y arcadas estilo Renacimiento. Medio siglo antes de la construcción del estadio Helmántico, el prado Panaderos ya anticipó un gran espectáculo de masas para los salmantinos.

Todo el protagonismo se centró en los cuatro «señores del aire», tres franceses y un español. El más madrugador fue Maurice Poumet, que llegó en tren el 6 de septiembre. Estudiante de Derecho de 23 años, era el más novato de los tres y, en realidad, aquel vuelo de prueba que realizó a las siete de la mañana del día 9 le convirtió en el primer ser humano que voló en Salamanca en un aparato más pesado que el aire. No se había anunciado, pero unos 150 paisanos acudieron al lugar, según contaba «El Adelanto». «Aunque el aparato no estaba del todo en condiciones –refería el cronista-, y el objeto del sportman no era otro que hacer un breve ensayo del motor, por tres veces se despegó del suelo elevándose en una de ellas quince metros».

Los otros tres aviadores ya contaban con cierto renombre ganado en exhibiciones aéreas. Benito Loygorri, nacido en el País Vasco francés pero residente en Valladolid, iba para ingeniero agrónomo cuando le sedujo la conquista del aire. Pilotaba un monoplano Morane, de 50 caballos, motor Gnome. Pierre Lacombe, «el conquistador de las alturas», tenía 24 años y manejaba un Deperdussin de 50 caballos, que acababa de lograr el récord de velocidad en el premio Gordon Benett alcanzando la vertiginosa velocidad de 129 kilómetros hora. Finalmente, Léonce Garnier , de 30 años, era el que tenía más renombre: de 1910 a 1913 recorrió numerosas ciudades de España quedándose en los recuerdos de miles de españoles como el primer aviador que vieron sus ojos.

Todo estaba listo para ese histórico 15 de septiembre, pero una lluvia torrencial de madrugada obligó a aplazar un día el despegue del raid.

Pero al día siguiente, desde muy temprano un hormiguero de gente recorría la carretera de Zamora y una multitud se apretujaba en las pendientes que delimitaban el campo de vuelos, de 600 metros de largo por 50 de ancho. Guardias de la Policía Local y militares del RegimientoAlbuera tuvieron que contener el entusiasmo del personal para que nadie se acercase demasiado a los aparatos.

Un sorteo deparó que Loygorri despegase el primero, pero después de varios intentos tuvo que desistir al fallarle el motor. Con el pesar de ver fuera de carrera al único español en liza, a las 7:05 los salmantinos vieron despegar a Lacombe, quien, tras tres saltos, puso rumbo a Valladolid. Garnier despegó con seguridad a las 7:10 y, por último, Poumet hizo cinco minutos después un intento de emular a sus maestros pero no consiguió su objetivo y se quedó en tierra.

La señora de Garnier y su mecánico emprendieron la ruta en coche: Poumet y su tía viajaron en otro. La ruta estaba señalizada con banderas rojas en las torres de los pueblos de la carretera y por cuatro hogueras situadas junto al campo de aviación, Cañizal, la ermita de Alayos y en los cerros de Simancas. En el trazado se dispusieron además cuatro puestos de automóviles de socorro y una escala de aprovisionamiento en Alaejos. En todos los pueblos, la población salía a saludar a los héroes del aire.

Lacombe fue el primero en llegar a Valladolid a las 8:12 h. y aterrizó entre aclamaciones del gentío. En el puesto de la Cruz Roja recibió friegas de alcohol para recomponerse. Garnier llegaría tres cuartos de hora después; desorientado por la neblina, fue confundido por una hoguera del camino y aterrizó por error en Valdestillas. Después de reanudar el vuelo, llegó al destino dos minutos después de las nueve. El primero cargó en su otro asiento un muñequito verde como amuleto: el segundo llevaba al frente una medalla de san Cristóbal.

Por la tarde, los vallisoletanos disfrutaron de las pruebas de velocidad, altura y resistencia. En una de ellos Lacombe tuvo que aterrizar de emergencia por un fallo del motor, que finalmente se paró y el aviador se estrelló en las inmediaciones del aeródromo de La Rubia. Pese a que el aparato quedó destrozado, el piloto salió bien parado con apenas un rasguño en el cuello.

Así que al día siguiente solo despegó Garnier, quien también tuvo problemas en su vuelo y tuvo que hacer una breve escala en Tordesillas por una avería en su avión que él mismo reparó. En el prado Panaderos, una gran multitud se agolpaba a las ocho de la mañana del día 17 de septiembre. La expectación fue tornándose preocupación con el paso del tiempo, porque los aviadores no llegaban. Pero al aparecer en lo alto, se fue apoderando del recinto un murmullo: «¡Ya viene! ¡Ya viene!» . Garnier enfiló el prado entre el júbilo general, dio la vuelto y tomó tierra elegantemente.

El aviador galo llegó rendido y somnoliento, según contaba el cronista. Más tarde revelaría que la noche anterior en Valladolid estuvo hasta las tres y media de la madrugada cambiando muelles en el motor de su aparato. Al bajarse de él pidió lavarse la cara con alcohol y los ojos con agua boratada y más tarde requirió de atenciones para curarse de unos dolores que sentía en el brazo derecha y en la clavícula.

Tras el almuerzo, Garnier volvió a los aires para una nueva exhibición, que disfrutaron los cerca de 15.000 espectadores congregados en una jornada inolvidable.

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