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El cabo mayor Manasés con el suboficial mayor del REI 11 en un puesto de mando de los años 90 recreado en el museo que alberga el Cuartel General del Mando de Ingenieros en Salamanca. LAYA
Manasés García: «Nunca olvidaré mi misión en Nicaragua. Me regalaban una niña que se iba a morir de hambre»
ENTREVISTA AL CABO MAYOR DEL REGIMIENTO

Manasés García: «Nunca olvidaré mi misión en Nicaragua. Me regalaban una niña que se iba a morir de hambre»

Cuenta su pasión por el Ejército y recuerda su intervención en Centroamérica tras el huracán Mitch, la pérdida de compañeros en el accidente del Yak-42

Celia Luis

Salamanca

Lunes, 24 de junio 2024, 06:30

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La pasión por el Ejército del cabo mayor Manasés García Pascual, del Regimiento de Especialidades de Ingenieros Nº 11 (REI 11) comenzó cuando tan solo era un niño. Su padre, también militar, fue el que le informó de las plazas existentes para hacerse tropa profesional, por lo que se fue a Madrid, hizo la solicitud, el examen y posteriormente ingresó, en el año 1993, en el Regimiento de Zapadores Ferroviarios Nº 13 donde estuvo destinado cuatro años. Un regimiento que no salía de misión, por lo que se trasladó al Regimiento de Ingenieros Nº 11 de Salamanca cuando hubo vacantes. Al llegar a la ciudad, se acababan de marchar de misión, así que decidió realizar el curso de ascenso a cabo primero y un año después se desplazó al Regimiento de Pontoneros y Especialidades de Ingenieros Nº 12 de Zaragoza. Nada más llegar allí, donde estuvo hasta 2004, cumplió su sueño: salir de misión. Después volvió a Salamanca donde lleva 20 años. «Desde pequeño no recuerdo otra cosa que querer ser militar», ha expresado el cabo mayor en una entrevista para LA GACETA.

¿Cómo nació su vocación por las Fuerzas Armadas?

—Mi padre es militar y lo he mamado desde niño, no recuerdo otra cosa que querer serlo y aquí estoy cumpliendo un sueño. En mi familia somos bastantes en las Fuerzas Armadas. Mi tío es comandante del Ejército del Aire y también tengo primos: una comandante que acaba de realizar el curso de Estado Mayor, una capitán que está en la Guardia Real, un primo cabo primero en Pontoneros; y mi mujer, que también es cabo en Salamanca. Por lo que mi familia no se sorprendió cuando les conté mi decisión de querer dedicarme a esto, es algo que se veía venir.

Una vez dentro de las Fuerzas Armadas, ¿en qué se especializó?

—Me especialicé en dos cosas. Dentro de las múltiples ramas que hay en el ejército a mí siempre me ha gustado el tema de explosivos. Por ello, parte de mi carrera ha estado enfocada a ser especialista en reconocimiento de municiones y artefactos improvisados (EOR), por lo que en dos misiones he formado parte de los equipos de desactivación desplegados, tanto para proteger a la unidad desplegada como para hacer limpiezas o quitar municiones en esos países. Por otro lado, me especialicé en buceo. Soy buceador del ejército. También monitor de educación física, pues aquí todos los años la unidad tiene que pasar unas pruebas físicas—cuatro pruebas: un circuito de agilidad, flexiones, abdominales y una prueba de resistencia de 6.000 metros—. En ellas tiene que haber un equipo de jueces del que formo parte tras realizar un curso de educación física.

¿De qué se encarga un cabo mayor?

—Mi trabajo como cabo mayor es procurar que la compañía y el personal de tropa fluyan sin altibajos y sin problemas, e intentar encauzar a los soldados o cabos que no tienen claro su futuro laboral. Muchas veces se fían de la experiencia de 30 años para pedir consejos.

¿Y en qué consiste el buceo militar?

—La gente al escuchar buceo piensa en el mar, en peces, buena visibilidad..., pero el buceo militar, sobre todo en el ejército de tierra, es muy distinto a lo que estamos acostumbrados a ver en los documentales de la televisión. Nosotros estamos especializados en buceo en aguas interiores, en ríos y en pantanos, donde la visibilidad es prácticamente nula. Buceamos en pantanos donde el fondo está oscuro, existe limo verde y no vemos ni los dedos de las manos. Para ver la profundidad a la que estamos hay que ponerse el ordenador de buceo, que llevamos en la muñeca, pegado a la máscara. En el agua los equipos de buceo realizamos un abanico muy amplio de misiones, tanto búsqueda como reflote de cualquier tipo de objeto.

En Salamanca, ¿de qué se encarga el equipo de buceo?

—En Salamanca tenemos un equipo de buceo enfocado a dar apoyo a la sección de puentes que hay en la Tercera Compañía de Caminos. Aporta protección al personal que está montando el puente, por ejemplo, si alguien se cae al agua. En dicho caso, normalmente siempre estará la embarcación con un par de buceadores o de nadadores cerca para socorrer a la víctima. Además, se encarga de rescatar cualquier pieza que caiga al agua, por ejemplo recuperar un rodillo. En ese caso cuando se localiza la pieza, se saca a la orilla mediante globos de elevación. También obstaculizamos cursos fluviales para obstaculizar al enemigo y para saber hacer limpiezas y retiradas, pues detalles tan simples como tirar un árbol en un arroyo ya impide que una zodiac pueda pasar. Asimismo nos encargamos de minar o quitar minas que pueda haber en pasos de agua.

Ha participado en misiones militares internacionales, ¿dónde? ¿Cómo se viven?

—Llevo unas nueve misiones... Son unas pocas. Al final se pone uno a sumar horas y son unos cuantos años fuera de casa. El papel de la familia que se queda en España es muy duro porque no saben cómo estamos fuera. Mi primera misión fue en Centroamérica en el año 1999. Estuve allí cuatro meses por el huracán Mitch, que asoló todo Centroamérica, dejó entre 15 y 20.000 muertos y destrozó todas las infraestructuras, sobre todo en Nicaragua y Honduras. Y fuimos a ayudar. Allí montamos dos puentes, uno en la frontera entre Nicaragua y Honduras, y otro en Juticalpa (Honduras). En los puntos que nos designó el gobierno nicaragüense y hondureño puesto que era lo que más falta les hacía en ese momento. También se arreglaron caminos. Llevamos un tren de máquinas— todas las máquinas necesarias para hacer un camino desde cero o arreglarlo—: empujadoras, motoniveladoras, rodillos, retroexcavadoras, cargadoras, volquetes para mover tierra, todo el tren de máquinas. Y estuvimos arreglando caminos, unos 50 kilómetros en Nicaragua y otros tantos en Honduras. Y esa fue la primera misión de muchas.

¿Qué es lo que más le marcó de su primera misión en Centroamérica?

—El recuerdo más fuerte y que nunca olvidaré fue que me regalaban una niña que se iba a morir de hambre. Cuando estuve en Nicaragua teníamos unos 30 kilómetros hasta llegar al punto de trabajo, por lo que pasábamos por una zona de selva donde había unas aldeas. Allí siempre veía a una chica joven, de unos 25 años, sola y con muchos niños. Un día paré, bajé a hablar con ella y le regalé un petate lleno de comida. Me comentó que tenía cinco hijos y que su marido había muerto en el huracán. Yo cogí a la niña más pequeña, que tendría un año, y cuando se la fui a devolver me dijo: 'llévesela, se la regalo porque sino conmigo se va a morir de hambre'. Se me puso la piel de gallina y le hice entender que eso era imposible. Ese momento y cuando le regalé una botella de agua vacía a un niño fueron los recuerdos que más me marcaron. Nunca había visto a un niño tan feliz, botaba de alegría. Actualmente regalas en un mismo día a un niño en España una PlayStation, un bicicleta, un ordenador y un viaje a Disneyland Paris, y no se pone tan contento. Con la botella me dijo que podía transportar agua al colegio. Después de eso llegas a España con otra percepción, valorando el simple gesto de abrir un grifo y tener agua.

¿Y en qué otros destinos ha estado de misión?

—Después de Nicaragua estuve en Bosnia Herzegovina , fui en la rotación número quince. Era la primera vez que estaba en un país que había estado en guerra y me sorprendió el nivel de destrucción y de ensañamiento que tenemos las personas. En el Bulevar de Mostar no había un centímetro cuadrado que no tuviera un impacto de bala o de metralla, eso fue quizá lo que más me sorprendió de esta misión. Las mezquitas las achicharraban simplemente porque eran de otra religión. La tercera fue a Afganistán, donde he estado cuatro veces. Fue la primera que hice con un equipo de desactivación. Llenábamos vehículos de municiones, cada vez que miraba al suelo había una munición. Fue una misión muy bonita hasta la vuelta, pues fue la del Yak-42 en la que fallecieron 62 compañeros y fue un palo enorme. Al año siguiente volví a Afganistán, y la siguiente fue a Indonesia.

¿A Indonesia fue por el tsunami del Océano Índico ocurrido en el año 2005?

—Sí. Era impresionante, había calles en las que faltaba hasta el asfalto. Estuvimos en la ciudad de Banda Aceh y de las casas solo quedaba el suelo, por el que se podían intuir las estancias. No quedaba ni una pared hasta en casas de hormigón armado. Vi inmuebles que el agua había tumbado 90 grados, bajamos barcos de tejados en edificios de dos plantas, sacamos coches, muertos de debajo de los escombros. Fue complicado. Después volví a Afganistán, era mi tercera vez y la cosa ya estaba más fea. Yo fui como EOR junto con la Brigada Paracaidista ya que necesitaban gente con dicha especialidad de reconocimiento de municiones. Las primeras veces recuerdo pasear por Kabul sin ningún problema y la tercera y la cuarta vez no salíamos de la base nada más que para hacer las misiones perfectamente protegidos porque nos estaban esperando detrás de cualquier esquina. De hecho en esta misión uno de los convoyes con lo que iba sufrió un atentado, creo recordar que fue el primer atentado en el que fallecía un militar español en Afganistán—el Caballero Legionario Paracaidista Seminario—. Tuve que echar una mano a los equipos sanitarios y fue complicado porque ves como muere un compañero...No contento con ello volví una cuarta vez.

Afganistán es el destino al que más ha ido de misión, ¿por qué?

—Sí, porque al final las misiones que más le han marcado al Ejército Español, en el sentido de la cantidad, son Bosnia y Afganistán. Se habrán hecho unas 40 rotaciones allí. Todas tienen su importancia, pero por Afganistán ha pasado mucha gente y ha sido una misión que ha dado muchas alegrías y tristezas, pues han sido casi 100 los fallecidos que hemos dejado allí. Después de estar cuatro veces allí fui a Irak, una misión de ayuda al ejército iraquí, les ayudamos a instruirse. Duró siete meses, pero fue tranquila. Por último he estado con el suboficial mayor del REI 11, Barroso, en Toledo. Instruyendo a personal del ejército ucraniano en desactivación de explosivos, limpiezas de minas. Ha sido una misión exigente en cuanto a las horas y al trabajo que ha habido que realizar en poco tiempo. Allí mi jornada empezaba a las seis de la mañana y acababa a las once de la noche.

Ser militar implica dejar lejos una casa, familia, amigos...

—Sí, yo a mi mujer se lo dije cuando me conoció. Ya era militar cuando empezamos a salir de manera oficial. Me casé en el 2010 y en el 2009 me dijeron: 'Manasés, va a salir una misión a...', y contesté: 'apúnteme'. Llegué una semana antes de la boda. Entonces le tocó a ella preparar todo. Es una profesión muy demandante con un alto número de fracasos familiares, separaciones, divorcios..., ya que muchas familias no terminan de comprender que si hay un crisis tenemos que ir. La pareja, tanto hombres y mujeres, que se queda sola tiene que tirar con la casa y con los niños, y no solo son los meses de la misión, sino también los meses de preparación.

¿Qué le diría a un joven que quiere formar parte de las Fuerzas Armadas?

—Puf..., lo primero es que tiene que estar convencido y tener las cosas muy claras. Aquí se viene a trabajar y se trabaja. Se viene a servir a España y a los demás, y muchas veces tus necesidades personales pasan a segunda, tercera, cuarta o quinta prioridad. En el ejército nunca se deja de estudiar, aprender, hacer cursos. Yo tengo 50 años y voy a hacer un curso dentro de un mes. Es una profesión muy demandante.

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