27 noviembre 2022
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Los salmantinos que huyeron de la miseria hasta el fin del mundo

Entre 1911 y 1914, 779 salmantinos huyeron de la miseria para buscar una nueva vida en Hawaii. Pero el paraíso prometido no era tal y se trasladaron a California | Hoy sus descendientes se sienten orgullosos de sus raíces

05 oct 2022 / 17:53 H.
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Las cifras no coinciden. Unos hablan de 8.000, otros llegan a 9.000, Eran en su mayoría familias enteras que procedían sobre todo de Andalucía, pero también de Extremadura, León y Castilla. En los cinco barcos que zarparon entre 1911 y 1914, viajaron 779 salmantinos. Desesperados por la miseria, se dejaron seducir por los cantos de sierena de una poderosa campaña publicitaria impulsada por las empresas recolectoras de caña de azúcar y se lanzaron en busca de un nuevo comienzo y el pan para sus hijos.

Los primeros llamamientos en busca de emigrantes europeos para trabajar en los campos de caña de azúcar de Hawaii se remontan a 1899, al año siguiente de que las islas fuesen anexionadas por los Estados Unidos. Había algo de racista en aquella demanda: Los estadounidenses estaban preocupados por la sobredimensionada presencia de población de origen asiática, especialmente japonesa. Contra el temor al ‘peligro amarillo’, la Board Inmigration of Hawaii (Consejo de Inmigración de Hawaii) ideó en 1906 una campaña para atraer mano de obra de raza blanca y religión cristiana y encargó a una empresa londinense la distribución, sobre todo por Andalucía, de folletos con deslumbrantes descripciones de las islas y las condiciones de trabajo que se ofrecían.

A partir de 1907, los captadores se lanzaron a recorrer los pueblos de Málaga, Cádiz, Granada, Almería... Andalucía fue la gran protagonista de aquella huida de la miseria en busca de un sueño lejano. Pero el llamamiento también se extendería en sucesivas fases a toda Extremadura y al Oeste de Castilla la Vieja: Salamanca, Zamora, Valladolid y Ávila.

“La gente se quería ir a otro lugar con más garantías para poder sacar adelante a una familia. No pensaban precisamente en Hawaii, pero el viaje era gratis: eso era muy atractivo. Brasil era entonces el otro destino al que también se ofrecían pasajes sin coste. En ambos casos se trataba de ocupar tierras escasamente pobladas”, asegura el historiador granadino José Pérez Martín, autor del estudio “Emigración española en Hawaii (1899-1913).

El ‘Heliópolis’

El 8 de marzo de 1907 partía de Málaga el “Heliópolis”, un carguero que transportaba nada menos que 3.823 pasajeros, el 90 % andaluces. Iba tan abarrotado que pocas horas después de zarpar tuvo que dar la vuelta en medio de la rebelión del pasaje. Cuando zarpó denuevo, había dejado en tierra a 1.500 pasajeros que desistieron de su intención. Aquel primer barco de emigrantes españoles a Hawaii llegó a su destino 47 dias después. En la travesía nacieron 14 bebes y fallecieron 17.

La permisividad que ofrecía la Ley española de Inmigración de 1907 había favorecido aquella salida masiva de ciudadanos hacia América. Posteriormente la legislación se endureció para frenar aquella sangría humana, complicando los requisitos sobre todo para los destinos de países de habla no hispana. Tal vez por este motivo no hubo más barcos a Hawaii hasta cuatro años después.

En esos cuatro años, la campaña de captación se extendió a Extremadura y al centro de la península, Salamanca incluida. Los pasquines que llegaron a los pueblos de las comarcas de Peñaranda y Alba especificaban que se requerían “agricultores que gozasen de buena salud” y daba prioridad al embarque de familias que contasen con hombres en edad de trabajar de entre 17 y 45 años. Para los mayores de 45 años el pasaje no era gratuito. Tenían que pagar 400 pesetas de la época. El cartel, firmado por “don Carlos Crovetto, encargado del Departamento de Revisión” y con sede en Málaga, especificaba asimismo una larga lista de documentos, permisos y licencias que garantizaran que los aspirantes, estaban bautizados, tenían cumplidas sus obligaciones militares y observaban buena conducta.

A cambio, a los emigrantes se les ofrecía poco menos que el paraíso. Una descripción de las ‘islas Haway’ (sic) ensalzaba “los incomparables atractivos de su clima (...) casi siempre a 30 grados centígrados”, ”una naturaleza alegre y lozana, admirablemente iluminada por un sol radiante”, “es tan pura y despejada la atmósfera que a media noche se puede leer a la claridad combinada de la luna y las estrellas”... La descripción era atribuida al ‘célebre viajero” M.C. de Varlony. A su llegada, los animosos aventureros serían remunerados con 24 dólares de la época al mes, cigfra que se incrementaría progresivamente. Cada familia, según esta publicidad, recibiría una vivienda, con agua corriente y escuela gratuita, que sería de su propiedad a los tres años, junto con una fanega de tierra. ¿Qué mas se podía pedir?

“Hawaii spaniards”

El éxito (para los empresarios americanos) del primer viaje del Heliópolis generó en España un amplio debate nacional sobre la fiabilidad de estas ofertas de trabajo y los riesgos de abandonar los campos de cultivo. Las autoridades españolas habían cerrado los puertos nacionales a los barcos que reclutaban emigrantes en masa, pero no previeron que desde Gibraltar podría esquivarse el control. La colonia británica se convirtió en el punto desde el que volverían a zarpar los barcos a Hawaii desde 1911.

Los salmantinos que huyeron de la miseria hasta el fin del mundo

“Mi familia se fue a Hawaii porque se morían de hambre en España. Muchos caminaron durante semanas para llegar desde pequeños pueblos a los puertos de Málaga y Gibraltar”, cuenta a LA GACETA Michael Muñoz, estadounidense descendiente de emigrantes salmantinos que es el alma del grupo de Facebook “Hawaii Spaniards”, punto de encuentro para todas las familias descendientes de aquella emigración española

Las promesas de una vida mejor iluminaron el futuro de varias decenas de familias salmantinas. Procedente de Oporto y Lisboa, donde embarcaron 565 viajeros portugueses, el barco SS Orteric recogió en Gibraltar a 960 inmigrantes españoles y partió el 24 de febrero de la colonia británica. En el buque viajaban 90 ilusionados salmantinos, la mayoría familias jóvenes con hijos que habían abandonado sus escasas posesiones en Mancera de Abajo (27), Ventosa del Río Almar (27) y Macotera (24). También viajaron 11 de Alconada y una persona de Salmoral. 48 días después, el barco alcanzaba Honolulu.

Tras el Orteric, hubo hasta 1913 cuatro viajes más de emigrantes españoles que zarparon de Gibraltar rumbo a Hawaii, todos ellos con presencia salmantina. El Willesden (octubre de 1911) con 1719 viajeros y 54 salmantinos: el Harpalion (febrero de 1912), con 1.618 y 258 salmantinos: de nuevo el Willesden (enero de 1913), en el que viajaban 1.358 españoles y 228 salmantinos y finamente el Ascott (abril de 1913), con 1.283 y 149 salmantinos. Entre 1907 y 1913, viajaron de España a Hawai 2.994 hombres y 2.527 mujeres.

Macotera, con 171 (el 21 % del total), fue la localidad que aportó más emigrantes a Hawaii, seguida por Villoria (61), Mancera de Abajo y Mancera de Arriba (51 en total; los registros no indicaban siempre el nombre completo); Bóveda del Río Almar (49), Salmoral (44), Pedrosillo de Alba (32), Puente del Congosto (29) hasta completar una larga lista de 44 municipios. Las comarcas de Alba de Tormes y Peñaranda fueron las más afectadas por esta sangría humana.

La falta de condiciones de los buques británicos, que no estaba diseñados para transportar pasajeros ni menos aún tal cantidad, y las penosas condiciones para la alimentación y el descanso convertían cada viaje ente la Península y Honolulu en una durísima experiencia. Además la convivencia entre españoles y portugueses fue difícil, con frecuentes peleas. Aquellos interminables viajes desde Oporto-Leixoes y Gibraltar duraban entre 50 y 60 días y seguían una ruta muy parecida a la que abrieron Magallanes y Elcano cuatro siglos antes, rodeando Sudamérica y pasando al Pacífico por el estrecho de Magallanes, donde se realizaba la única escala en Punta Arenas (Chile). El canal de Panamá estaba en plena construcción: de hecho era destino laboral para muchos españoles que intentaban la aventura americana. El paso se inauguraría en 1914.

De la dureza de los viajes da buena muestra una estadística demoledora: 43 viajeros del Willesden murieron durante el viaje de otoño de 1911 o al mes siguiente, tras ser ingresados en un lazareto. En más de un 90 por ciento, los fallecidos fueron niños de menos de tres años.

Mientras tanto, en España, la ilusión con que muchas familias campesinas miraban a aquellos barcos que les llevarían a la prosperidad contrastaba con los negros presagios de una parte de la opinión pública, que temían la despoblación de las comarcas. “La emigración (...) se ha convertido en avalancha destructora”, escribía en 1911 el corresponsal de El Adelanto en Fuentesaúco, quien lamentaba la reciente marcha de 200 vecinos del pueblo zamorano. “Pero no a ninguno de esos países americanos en un todo iguales a los nuestros: van a la Malasia Oceánica, a llenar no con su sudor, sino acaso con sus vidas, los ya repletos bolsos de algún capitalista extranjero”. El cronista iba aún más allá y veía a sus paisanos “convertidos en negros esclavos, con la misión de poblar tierras insanas, inhabitables, que como el Hawai, pueden ser habitadas solo por moros salvajes”.

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La llegada

Aquellos barcos repletos de mano de obra y repobladores europeos era poco menos que un acontecimiento feliz que anunciaban las portadas de la prensa de Honolulu.

Al principio no todos pudieron desembarcar. Un buen número de emigrantes fueron deportados al instante. “A pesar de que durante la cuarentena se detectaban muchos casos de sarampión, la principal causa de deportación no fue esa, sino una enfermedad ocular contagiosa llamada tracoma, que causa una ceguera irreversible”. El historiador granadino José Pérez Martín, autor de “Emigración Española a Hawaii (1899-1913), es uno de los autores que ha estudiado el fenómeno migratorio de la segunda década del siglo XX hacia el Pacífico.

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Una vez allí, la dura realidad pronto golpeó a los españoles. Aquello distaba mucho de ser el paraíso prometido. Los inmigrantes debían cortar caña o trabajar en una fábrica, durante 10 o 12 horas cada día. Los trabajos se hacían en cuadrillas de 50 personas siempre vigilados por un capataz, generalmente japonés o portugués, quienes se encargaban de que allí no se perdiera un segundo charlando o liando un cigarro.

Desde California, David Salinero, estadounidense descendiente de macoteranos, comparte con LA GACETA sus recuerdos. “Mis cuatro abuelos nacieron y emigraron a Estados Unidos desde Macotera, pero no todos pasaron por Hawaii. Mi abuelo Valeriano Salinero, su padre y un hermano menor fueron en el Harpalion, otro tío abuelo en el Orteric y otro más Willesden. Mi abuelo Valeriano fue con 18 años y en los 11 meses que estuvo allí trabajó en la plantación de Ewa y también desempeñando labores para la Marina”.

Poco a poco, las noticias que llegaban de los pioneros de Hawaii ensombrecían la odisea. En 1912, el diario La Información de Cádiz recogía las advertencias del Consejo Superior de Emigración sobre las jornada de doce horas “sin más descanso que media hora para comer”, los problemas que encontraban los emigrantes para recibir asistencia sanitaria y el obstáculo del idioma.

“Hay muchas razones por las que dejarían Hawaii”, cuenta Michael Muñoz. El trato de los patrones portugueses hacia los españoles fue duro en una época en la que los trabajadores asiáticos se estaban organizando sindicalmente y aquellos testarudos españoles no iban a ser utilizados para romper las huelgas”. Casi 4.000 kilómetros al Este, el clima y la geografía del entorno de San Francisco y norte de California eran muy parecidos a los de España, así que la mayoría de españoles en Hawaii, incluidos los salmantinos, se embarcaron hacia el continente donde iniciaron una nueva vida.

Más de un siglo después, la odisea de los “Hawaiiian Spaniards” se revivirá a fin de mes en Extremadura y en Málaga, con los actos del I Congreso Internacional de Emigrantes Españoles a Hawaii. Promovido por el Club Universo Extremeño y con un amplio apoyo institucional, cincuenta y dos ciudadanos estadounidenses descendientes de españoles que lo dejaron todo por aquel sueño revivirán aquella historia en la tierra de sus antepasados. Los que soñaban con el paraíso recibirán su reconocimiento.

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