06 agosto 2020
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Así han compensado el miedo por el COVID las enfermeras del Hospital

"Con entrega". María José García habla de la dura experiencia y destaca la valentía, humanidad y generosidad frente a la falta de protección, muertes y soledad de pacientes

17 may 2020 / 13:50 H.

En sus 62 años de vida y 41 de profesión como enfermera, María José García Romo confiesa que “nunca había vivido nada parecido” a esta pandemia. Jamás se imaginó que, a poco de jubilarse, iba a enfrentarse a una batalla “invisible”, muy parecida a la que lidió a finales del siglo XIX en la guerra de Crimea Florence Nightingale, la madre de la enfermería moderna.

De la noche a la mañana el tiempo se detuvo. Miles de enfermeras cambiaron sus consultas y rutinas diarias para sumergirse en entornos diferentes, protocolos cambiantes y nuevos equipos de profesionales multidisciplinares para correr una carrera contrarreloj y salvar vidas frente al coronavirus. Sin cuestionar nada, ni los cambios de turnos o los trabajos en sábado y domingo. Sin tiempo para comer ni para beber agua, cuando el único pensamiento era cuidar o hidratar a los demás.

María José García pasó de la consulta de Alergología a las plantas COVID del Hospital Los Montalvos. “¿Seré capaz de hacerlo?”. Era la pregunta que le asaltaba en esos primeros momentos. Los conocimientos frescos y actualizados, aprendidos en la facultad, sumado a la gran capacidad de adaptación de las jóvenes enfermeras y enfermeros se compensaba con la experiencia, valentía y disponibilidad de las enfermeras veteranas como María José, con un resultado de excelencia.

“Ha sido muy duro. Hemos sentido y visto el miedo, que compensábamos con mucha valentía, entrega y generosidad máxima. Un miedo escondido tras la mascarilla y mucha impotencia al ver que no había equipos de protección o escaseaban. No somos héroes, sino profesionales valientes dispuestos a darlo todo y a cuidar”, subraya María José.

Pero a pesar de esa inquietud por la falta de medios y el miedo al contagio, las enfermeras y enfermeros siempre han ofrecido esa mirada de esperanza, apoyo y calma que necesitaba el paciente enfermo de COVID. “Aunque de puertas para fuera sabíamos que no había material de protección suficiente, cuando entrábamos en la habitación el paciente no podía percibir nada de eso, porque ya tenía suficiente con estar solo y muy malito”, agrega esta enfermera. “La soledad de los pacientes se compensaba con nuestra cercanía y presencia. Con miradas profundas tras las gafas y pantallas, con las que queríamos llegar a sus corazones. Hemos intentado compensar la ausencia de sus seres queridos. Humanizar más es casi imposible. Lo hemos intentado por todos los medios”, agrega sin poder ocultar la emoción.

“Cada uno ha dado lo mejor de sí mismo a pesar de vivir escenas desoladoras y vivencias que jamás imaginó. Había mucho silencio en los pasillos y hospitales, pero un gran sentimiento de equipo. Hemos sido una piña en todo momento porque siempre hemos querido ganar vida a la muerte”, reitera María José, que al inicio de mayo regresó a su consulta. No ha sido fácil la transición, reconoce. “Tenía la percepción de haber pasado años por ahí fuera. Me sentía desnuda al no llevar las batas y todo el equipo de protección. Desubicada. Para mí ha sido un antes y después a nivel personal”, confiesa.

El llanto aflora cuando recuerda aquellos momentos, a su salida de turno de Los Montalvos, en medio del Campo Charro, cuando antes de coger el coche para volver a casa se quitaba la mascarilla para respirar aire y reflexionaba unos instantes, dando gracias por aquellos pacientes que habían sido dados de alta, como una anciana de 97 años, o habían logrado sobrevivir. Después al llegar a casa extremaba la higiene y precauciones al máximo, con uso de mascarilla incluso. Una preocupación, la de no contagiar a los familiares, que han sentido todos los sanitarios.

Pero más que la afectación física, lo más duro ha sido a nivel emocional. “Eso se gestiona peor. Hemos estado descargando adrenalina y no ha habido momento para pensar en nosotros. Yo he llorado mucho, también por compañeros fallecidos porque el COVID no respeta edades”, admite María José, que sólo espera que esta experiencia haya servido a los sanitarios para fortalecerlos y hacerlos más visibles pese a los momentos de indignación e impotencia. “No sé si los profesionales podrán soportar otra pandemia de este tipo porque somos humanos. Mejor que no llegue”, reflexiona, antes de reclamar responsabilidad y autocuidado a la ciudadanía.

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