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Una de las carreteras de la Sierra de Francia a su paso fugaz por Cilleros. S. DORADO
Así se vive en el pueblo más pequeño de Salamanca

Así se vive en el pueblo más pequeño de Salamanca

En Cilleros, la falta de recursos y servicios se compensa con el encanto de un bucólico municipio en lo alto de la Sierra de Francia

S. Dorado

Cilleros de la Bastida

Miércoles, 8 de mayo 2024, 06:00

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Ascendiendo por una carretera que se abre paso entre lomas púrpuras y amarillas durante esta época primaveral, enclavado en la Sierra de Francia, se encuentra un diminuto municipio de innegable encanto natural. Cilleros de la Bastida da la bienvenida al viajero con una calidez inusitada para tratarse del pueblo con menos habitantes de la provincia salmantina.

Los últimos datos de censo poblacional revelan que Cilleros de la Bastida cuenta con tan solo 21 personas censadas, aunque la realidad es aún más extrema, ya que tan solo lo habitan a diario una docena de vecinos aproximadamente. El balar de las ovejas, mucho más numerosas, se extiende en las laderas, y por extraño que resulte, resulta complicado no toparse con algún oriundo, al menos con la llegada del clima suave.

Ganaderos, jubilados, personas que hacen vida a caballo entre este pueblo y otro, familiares y enamorados en busca de aire puro y ejercicio amanecen en una localidad en la que todos son poco menos que una familia, en muchos casos en sentido literal.

Todos ellos conviven en armonía (al menos casi siempre) en una villa que parece sacada de un cuento y que no está compuesta de más de dos calles paralelas, una encantadora plazuela con una fuente, un parque infantil y biosaludables, lo que en su día fue un bar, una asociación adyacente que ahora hace las veces de punto de reunión social en el que tomar algo, la Casa Consistorial y la iglesia parroquial.

El bar cerró en la pandemia, por sorprendente que resulte, a causa de un «chivatazo» sobre una reunión social en tiempos de confinamiento. Ahora, el Ayuntamiento se plantea la posibilidad de buscar a alguien que tome las riendas.

Los gastos, con apoyo de subvenciones, se limitan a los empleados municipales, un trabajador y una secretaria. Para poder impulsar este diamante en bruto de evidente tirón turístico son necesarias ayudas y apoyo de las instituciones, que deben dejarse contagiar de la impresión que produce verse aislado en lo más alto de la sierra.

Los habitantes de Cilleros de la Bastida reciben la visita periódica de las furgonetas de reparto de Sequeros y Villanueva del Conde, que les sirven los productos alimenticios de primera necesidad, pero hay otros aspectos clave para la calidad de vida que han perdido, como son las visitas médicas. «Antes venían, desde la pandemia ya no. Tenemos que ir a Tamames», protestan los vecinos.

En último extremo se pueden desplazar, pero la misión resulta hercúlea: «A veces hasta que te cogen el teléfono...al final resulta más sencillo ir, coger el coche y llevar a quien lo necesite», y es que estar dispuesto a hacer favores es una ley de vida en comunidades de estas características, en las que los unos dependen de los otros inevitablemente. También los autobuses ascienden poco por esta apacible carretera. «Ya solo vienen bajo demanda». Quien acude cada quince días es el párroco, muy querido por todos: «Da misa para cuatro».

Las posibilidades de repoblar son escasas, ya que no hay viviendas disponibles para entrar a a vivir. Las que están deshabitadas requieren importantes reformas, o se venden, según explica el alcalde, Ricardo Martín, por precios desorbitados: «Que esto no es Madrid», concluye, convencido de que los precios impiden un cambio de rumbo en el censo poblacional.

Quienes ven la pureza de Cilleros de la Bastida han optado, explica el primer edil, por adquirir y reformar algunos espacios como cuadras para, con el tiempo, poder disfrutar del lujo de un lugar así, aunque solo como segunda residencia, y es que la primavera y el verano hacen brotar las ganas de pasear, detenerse a charlar con unos y con otros, y perderse en los senderos junto a un compañero canino, pero atravesar el frío invierno, lúgubre y gris, no es plato de buen gusto para la mayoría. Cada vez menos se dedican al ganado ovino que reina por estas colinas serranas, e incluso quienes lo hacen no siempre residen en la villa. Muchos se quedaron; otros han decidido regresar a su amado pueblo natal.

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