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S. Dorado

La Alberca

Miércoles, 5 de junio 2024, 06:30

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Hace ya un año que La Alberca se despidió de Adrián Lafuente, un joven que, con el proyecto «Kune» danzando en su intrépida mente, se embarcó en un viaje por Europa y América Latina con su amigo italiano Tomo. El objetivo no ha cambiado: lanzar un mensaje de sostenibilidad, no solo manteniendo encuentros con empresas de todos los países, sino siendo ejemplo de esa filosofía.

Para ello, Adrián y Tomo se desplazan «con un impacto mínimo de contaminación», algo posible, aunque no sencillo. Sin flaquear un instante, han logrado atravesar un sinfín de países y cruzar continentes sin pisar un avión. «Hemos usado el transporte público, y cruzamos el atlántico en catamarán». Ahora, el reto es mayúsculo. «Tenemos por delante cinco meses en velero hasta llegar a Australia, por el Pacífico», una hazaña más inusitada que subir al Everest.

«Llevamos más de 38.000 kilómetros, 25 países y más de 40 iniciativas», indica el albercano. Cruzar el atlántico fue una de las experiencias más importante de sus vidas, y la de ahora es, enfatiza, «la más importante». Con 30 kilos de mochila cada uno, todo lo que poseen ahora mismo, recorren culturas, poblados, trabajan a cambio de un plato caliente y de albergue, y participan y visitan enriquecedores voluntariados, desde pastelería para que las personas con discapacidad tengan un medio de vida, hasta granjas flotantes.

Han estado aislados en una isla renovando un faro en Noruega, con los fiordos bajo sus pies y con la luz del día a las dos de la madrugada, y visitado los paisajes que tan solo parecen realidad en las postales y películas, con aguas cristalinas y palmeras que parecen sacadas de un croma. Pero también han vivido aventuras y momentos «de pura adrenalina», advierte. «La vela del velero cayó al agua, y había que actuar muy rápido para que no se hundiera el barco, hubo que hacer una parada forzada en Cabo Verde», un problema que solventaron siguiendo las instrucciones de su capitán.

«Hemos estado dos semanas sin ver tierra», semanas en las que se han ocupado del mantenimiento, la cocina y todo lo que fuera menester. A su llegada a Panamá, descubrieron algo abrumador: «No existía carretera a Colombia, no oficialmente, solo jungla por la que llegar, que estaba controlada por las FARC y narcos, y ruta de inmigración ilegal». Por si el surtido de amenazas no fuera suficiente, «hay jaguares, pumas, cocodrilos, serpientes...», añade Adrián.

Ese imprevisto les llevó a explorar alternativas, lo que les condujo a un poblado indígena que, como si fuera cosa del destino, se llamaba «Kuna», casi igual que el nombre de su proyecto de sostenibilidad, «Kune». «Lo primero cuando llegas a un sitio así es hablar con el líder de la isla».

Al sumergirse con los nativos fueron testigos y partícipes del rito de celebración de la primera menstruación de una niña. «Todos están en una cabaña, hay que beber lo que llaman chicha fuerte, una bebida de caña de azúcar fermentada, maíz y cacao, te lo tomas; luego masticas una especie de pollo fermentado y lo escupes, y soplan en tu cara una planta que hace humo, un símbolo de buena suerte. Luego debes bailar conectando el cielo con los dioses, y con la pacha mama».

Casi parece sacado de una película de Indiana Jones, pero esta es la realidad de estos dos jóvenes. «Esta es una oportunidad única, debemos seguir», manifiesta. Atrás queda ahora la mágica Río de Janeiro y su samba, la lucha de los pueblos indígenas, emocionantes proyectos de reforestación, e incontables iniciativas sociales. «Enseñar fotos de mi pueblo es algo que me mantiene siempre muy cerca,estoy muy orgulloso de ser albercano, me hace muy feliz aportar mi granito de arena, y cuando regrese, poder hacer de él el pueblo más bonito y el más sostenible», confiesa emocionado.

El Indiana Jones de La Alberca: una vuelta al mundo sin contaminar
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