08 agosto 2020
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Tranquilo majete, vas a morir igual

05 dic 2019 / 03:00 H.
Jairo Junciel
LA NAVAJA DE HANLON

Greta Thunberg, la niña ecologista, me entristece. Es el producto de unos padres sin escrúpulos: una cantante que da el cante y un actor que ya no interpreta. Para colmo de males Greta ha sido captada por la Open Society —la secta de George Soros— a través de Luisa Neubauer, una alemanita eco activista de corte socialista que trabaja para esa fundación. Por un lado tenemos la ambición de una familia con ansias de medrar, a través de su hija, y por otro las ínfulas del judío especulador que hizo quebrar al Banco de Inglaterra. Otro día les hablaré sobre los tejemanejes de Soros y sus supuestas intenciones filantrópicas. Eso sí que da para una novela de terror.

Respecto a la Cumbre del Clima de Madrid: es cierto que estamos bebiendo agua envenenada con pesticidas y también es cierto que si a cualquiera de nosotros nos hicieran una biopsia de hígado encontrarían más porquería que en un desguace clandestino. Somos sintéticos. Los mares son nuestros estercoleros y el aire se está volviendo irrespirable. Pero también es una realidad que nos quieren tomar por imbéciles con la emergencia climática. Por poner un ejemplo: los chinos generan una contaminación desmesurada y no están dispuestos a dejarla de producir porque eso perjudicaría su economía. Greta, vete a China coño, aquí no pintas nada. Si realmente quieres salvar el planeta embárcate en tu velero y plántate en Shanghái a cerrar fábricas. Tu intención es buena, pero te equivocas de enemigo. Somos nosotros quienes estamos comprando una pegatina para poder circular con nuestros coches; en Europa estamos los tontos que siempre cumplimos.

El ecologismo se ha convertido en un negocio más. A día de hoy ya hay muchísimas empresas que funcionan con directrices sostenibles. Eso no significa que amen al planeta. Significa que se han dado cuenta de que siendo ecológicas ahorran dinero y generan más beneficios.

Yo no necesito que una niña sueca de cara rancia venga a enmendarme la plana con sus cánticos apocalípticos. Necesito que un estado conchabado con empresas eléctricas no me cruja a impuestos cada vez que enciendo la luz, ni me ponga mil problemas cuando quiera instalar una triste placa solar en el tejado de mi casa.

El ecologismo se impondrá de forma natural cuando el avance de la tecnología nos permita tener coches eléctricos asequibles; cuando podamos disponer de energía barata, limpia e ilimitada gracias a reactores de fusión nuclear, o cuando podamos disponer —o nos dejen disponer— de paneles solares eficientes y, sobre todo, baratos.

Y es que todo en esta vida se reduce al tintinear de las monedas. Hasta que el ecologismo no sea económicamente asequible para todos estas cumbres ecológicas serán más falsas que los directos de Milli Vanilli.