01 diciembre 2020
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Tender puentes, abrir caminos

    Entre los inventos de Isaac Newton, más importante que la ley de la gravitación universal, estimo que fue sostener que los hombres construimos demasiados muros, en vez de tender puentes. Casi tres siglos después, un presidente de EEUU desvía fondos federales – sobre lo que se pronunciará en breve el Tribunal Supremo -, para construir un muro, (¡1.123 Km!), que separa a los norteamericanos de México, con el supuesto fin de cercenar el narcotráfico; y los israelitas han alzado otro muro (de ¡800 kilómetros!), con el pretexto de evitar atentados palestinos. Aunque el más famoso fue el ya derribado de Berlín. El primer ametrallado por los orientales en su intento de colarse por aquel siniestro paredón al entonces Berlín occidental, fue un joven de 19 años, Peter Fechter. Pertenecía al contingente de niños que España acogió humanitariamente tras la segunda Guerra Mundial, mientras sus mayores reconstruían Alemania. Lo cito porque recientemente he sabido que pasó parte de su infancia en Salamanca – donde hubo al menos treinta -, en el hogar de Luis Rodríguez y Carmen López, con su hijo Jesús.

    ¿Y tender puentes? Junto a la apertura de vías de comunicación, de caminos, es una de las tareas principales de los Ingenieros Zapadores, para facilitar el movimiento de los ejércitos. En esta ciudad tenemos un Regimiento desde hace 175 años, que las lleva a cabo ejemplarmente, no solo en guerra, también en la paz, en España y en numerosos países. Es un orgullo que aquí esté su base, cuando en el extranjero, movidos por su prestigio, se dice “son los de Salamanca”. Así le sucedió a Sebastián Battaner - cuando la Caja de Ahorros que presidía era más salmantina -, coincidiendo con militares del REI número 11, entonces cumpliendo una misión en Nicaragua. Pero Newton no se refería -ni yo lo pretendo hoy -, a esos puentes, sino a los que facilitan la comunicación humana, el acercamiento entre los hombres, los que buscan la concordia, salvando obstáculos ideológicos.

    Fue lo que hicieron el Rey Juan Carlos I, el presidente Adolfo Suárez, y un nutrido “regimiento” de ministros, subsecretarios, diputados, senadores... en la transición, sin una gota de sangre – salvo las del terrorismo - : tender un ancho puente de esperanzas sobre un río revuelto, con rápidos, muy peligroso. Por su tablero podrían transitar sin miedo todos los españoles de buena voluntad, desde la orilla de un régimen excluyente, con heridas sin restañar, hasta la prometida ribera del otro lado del puente. Allí esperaba la reconciliación, la ansiada democracia, y la posibilidad de abrazarnos todos, sin exclusiones, como hijos de una “patria común e indivisible”. Acaso resulten ahora, como de seres extraterrestres, las recomendaciones de los dos presidentes de aquella UCD que se disolvió cumplido su objeto social, la transición, y preparar la llegada pacífica del socialismo. Suárez nos pidió que en cada provincia los centristas confraternizáramos con los diputados socialistas. Y Calvo Sotelo mandó a sus altos cargos que fueran enseñando, discreta pero decididamente, el contenido de los cajones del Estado a los novatos socialdemócratas, que llegarían pronto a administrarlo. De ambas cosas quedan testigos, algunos en Salamanca. ¿Ha habido en la historia de España otros, llamémosles “zapadores” civiles, de mayor dignidad?

    Aquel sugestivo puente que tendimos, con los años se ha ido reduciendo políticamente hasta convertirse poco menos que en un pontón. Y puede que mañana sea una simple tajea, que algunos querrán volar, fraccionando a los españoles, nueva y trágicamente. Es decir, separándonos por una trinchera, un cañón, un río no navegable, dejando acaso un puente para el exilio, como lo fue el del Bidasoa, por el que tuvieron que huir dramáticamente desde Irún a Hendaya, muchos vencidos de una contienda que creímos ingenuamente superada, pero que algunos se empecinan en “ganar” hoy.

    Lo que necesita España en estos difíciles momentos es no volar ninguno de los puentes que quedan, y al tiempo abandonar las trochas, los viejos senderos con maleza, y construir nuevos caminos limpios, para el diálogo, la comprensión y el entendimiento. La oferta que hizo esta semana el secretario general del PSOE, de consensuar con el PP el nombramiento de los órganos judiciales, no es un camino nuevo, es el constitucional, que el sanchismo altanero había abandonado buscando una vereda angosta proscrita por Bruselas y muchos jueces. Para que renacieran las esperanzas de tantos pactos de Estado necesarios, bastaría que Pedro Sánchez volviera a hacer lo que prometió en su campaña electoral y contradijo después. Que repitiera aquello de “marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional”. Pero no para desdecirse, como el felón Fernando VII, sino para continuar por esa senda, tendiendo puentes, abriendo caminos nuevos.

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