24 octubre 2021
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Romancillo de un adiós

13 oct 2021 / 03:00 H.

    EL pasado sábado acudí al corazón de la charrería a despedir a un amigo. El cielo limpio de Castilla, el lugar sagrado y taurino, los sones de una gaita y el tamboril, junto al dolor, me recordaron el himno, que pudieron inspirar “El gallo”, Granero o Chicuelo: “En el campo salmantino, tierra torera y bravía, reinas tú, Madre de Dios, morena de serranía. Sobre mi capote grana, siento tu luz que me guía, y entre la cruz de mi estoque, tu mano sobre la mía”. Él marchó en vísperas de la Virgen del Pilar, la Fiesta Nacional, que tanto quiso. Tomé unas notas, y he compuesto un torpe, pero sentido romancillo.

    Fue en medio del mar de encinas, con una brisa otoñal, la espadaña silenciosa, con la Virgen en su altar, y el sol en todo lo alto. En una ermita taurina, erigida sobre un cueto, del apacible encinar. Nuestra Señora de luto, porque había muerto un cofrade, un caballero - en su día mayordomo -, y es patrona campesina, de todos los ganaderos, devotos que se le postran, musitando el viejo ruego, “por nosotros, pecadores”. A la puerta, el sacerdote, la dulzaina, el tamboril, realzaban el perfil de las exequias de un charro, que nos recuerdan a todos, que todos somos de barro. El féretro del cofrade, cubierto con la bandera - mejor capote no cabe -, la que honra a España entera, para darle nuestro adiós, a quien tanto en Dios creyera. La placita y soportales con ecos de romería, el coso austero y sencillo, donde tentó Joselito, y donde volvió Belmonte, tras la corná de Padierno, de una vaca de Argimiro. Se pobló con familiares, amigos, deudos, cofrades, labradores, mayordomos, toreros y mayorales. Era una lígrima escena y pedía el funeral, porque merecía la pena, la paleta costumbrista de González Arenal, o un dibujo a mano alzada, del simpar Venancio Blanco. Sonando el himno de España, fue llevado al camposanto. Desconsuelo a rienda suelta, desolación en los llantos. En Carrascal, en Padierno, en La Dueña, y sus contornos, están de duelo por él. No quiso ser un cualquiera, de los que eligen vivir, sin Dios, sin patria y sin Rey. Tuvo una fe verdadera, y abrazó como a una ley, la patria, su himno y su bandera. Una divisa inmortal, la creencia duradera, de un salmantino cabal. Y dije pa mis adentros: por la dehesa se expande, un grato aroma otoñal. Descansa en paz, Julio Grande, la muerte no es el final.

    Ya galopa entre las nubes – soñadas, “verdes praderas” -, sobre una yegua estrellada. Ha elegido amparador, que nunca en los lances marra. De lujo, no lo hay mejor: nuestro Padre, el Redentor.

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