14 diciembre 2019
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“Paren el mundo que yo me bajo”

30 nov 2019 / 03:00 H.

El marxismo de Groucho, no el de Karl, nos dejó esa frase para resumir el hartazgo de la sociedad. Me confieso “Grouchista”, ahora más que nunca. “Paren España, que yo me bajo”, me gustaría matizar, eso sí. Mejor apearse aunque sea por un rato de este país desorientado en un bucle delirante que parece no llevarnos nunca a ninguna parte.

Solo hay que abrir los ojos estos días y desplegar los oídos para comprobar que seguimos atrapados en el pasado. El futuro es lo de antaño. Así de cruel. El mañana depende de lo de siempre y el Gobierno se vuelve a negociar hablando de Cataluña, amnistías, autodeterminaciones, dinero para unos pocos y hasta del acercamiento de los asesinos de ETA a las cárceles del País Vasco.

La política y los discursos se nos van por los extremos. Los debates se mueven al ritmo que marca Podemos y al de los desmarques que protagoniza VOX. Y todo, mientras se vuelve a resucitar a Franco, a lanzar piedras a las Fuerzas de Seguridad del Estado con relativa impunidad o a dar por normalizado que se puedan tomar decisiones que nos afectan a todos desde la celda de una cárcel.

Y en medio de todo esto, el centro desaparece y la moderación deja de vender. Vuelven los rojos y los azules. Y las discusiones políticas amenazan con traer algún disgusto familiar en las mesas navideñas. El delirio llega a tal punto, que incluso, el día de las víctimas de la violencia de género acaba a voces en algunos ayuntamientos. Así de triste.

Y encima llegan los ERE. Para recordarnos que este también es un país de grandes corruptos. Con los 680 millones derrochados en cocaína, prostíbulos y prejubilaciones se podrían haber hecho hospitales, colegios, autovías y viviendas. Pero lo que no se debería hacer nunca con ese dinero, es política. No se debe culpar o disculpar al chorizo dependiendo de las siglas bajo las que haya robado.

Por eso, esta semana, le confieso que me quiero bajar del carro, aunque sea por un rato. España necesita sacudirse sus miedos, su pasado y quizá también a muchos de sus políticos. No entiendo que a estas alturas sigamos sin concentrar nuestros esfuerzos en recuperar los salarios, garantizar las pensiones, enfrentarnos a la despoblación, hablar del futuro de la agricultura y la ganadería, avanzar en igualdad, hacer asequible la vivienda o mejorar el Estado de Bienestar. Se me ocurre una lista infinita de cosas realmente importantes para la mayoría. De cuestiones clave que hacen avanzar a un país y que acaban moviendo al mundo. Ojalá algún día volvamos a subirnos a ese carro. De lo contrario el marxismo de Groucho superará al de la coalición entre Pedro y Pablo. Cada vez seremos más los de “paren el mundo, que yo me bajo”.