25 mayo 2019
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Notre Dame y las abejas

22 abr 2019 / 03:00 H.
Manuel Muiños
Renglones torcidos

Hoy hace ocho días éramos deslumbrados por el fuego de Notre Dame, no era el fuego de la Pascua ¿o si? Si hacemos caso a Nostradamus cuando anunció que “con la entrada de la primavera una Iglesia arderá en fuego... una gran iglesia se quemará para traer buenas nuevas”, quizá nos entren dudas. Ciertamente da que pensar cómo ha conmovido y conmocionado al mundo este desgraciado incidente. Da que pensar lo gratificante que resulta, de entrada, tanta solidaridad, tanta mano amiga, tanto sentimiento. Llama la atención como el mundo entero hace piña entorno al fuego devastador. Conmueve y anima ver cómo la desgracia nos une, no es la primera vez. Por distintos motivos y en distintas circunstancias el mundo entero se vuelca solidario de forma inmediata. Ese comportamiento tan humanitario y solidario, de entrada, genera esperanza y confianza en la humanidad, sin duda alguna lo valoro. Valoro incluso la preocupación por las tres colmenas de Notre Dame con cerca de 200.000 abejas en el interior. Todo me parece poco para resarcir tan terrible pérdida. Ahora bien, me da la sensación que la solidaridad de guante blanco es relativamente fácil, cómoda y hasta contagiosa. Nadie tiene reparo en aparecer en escena, la satisfacción y la publicidad parecen mover la generosidad de muchos, me atrevería a aventurar que no es un gasto si no una inversión. Quizá algún día la humanidad entera logrará vivir la solidaridad en plenitud o quizá no haga falta ser solidarios porque un mundo justo se habrá hecho realidad. Mientras llega ese momento no queda otra que cuestionarnos sobre nuestra forma de ser y estar en el planeta tierra. Sería triste y lamentable descubrir nuevos espacios donde poder ir y no lograr sin embargo vivir de una manera adecuada en este mundo, que entre todos hemos de construir y por momentos destruimos consciente e inconscientemente.

La solidaridad no puede reducirse a situaciones puntuales; es imprescindible una solidaridad que alcance a todas y cada una de las necesidades reales de este mundo. Desde la más grande a la más pequeña, se trata de dar respuesta a cada situación. Si hemos perdido el valor incalculable de las personas, hemos de trabajar por recuperarlo. Miles de seres humanos se queman cada día víctimas de la injusticia mundial, víctimas del fuego abrasador en forma de avaricia, víctimas de un sistema económico mundial que permite nadar en la abundancia a una pequeña parte del mundo mientras la gran mayoría se ahoga en la miseria y la pobreza, la enfermedad y el hambre.

Algo no estamos haciendo bien cuando a Francia llegan los millones de euros para reconstruir Notre Dame y sus abejas puedan seguir produciendo miel que endulce la vida, y la indiferencia quema amargamente a miles de seres humanos en Mapastepec o en otros muchos lugares del mundo.