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El caso del “tito Berni” nos ha devuelto de un plumazo a las cloacas de la corrupción. Producen náuseas las revelaciones que cada día estamos conociendo, de uno de esos casos de corrupción que reúne todos los ingredientes de la degradación política y personal.

No sé qué puede pasar por la cabeza de un tipo de estos para actuar así. No imagino qué sensación de impunidad puede tener un sujeto para mezclar comisiones, prostitutas, cocaína, gin- tonics y reservados, sin pensar que algún día caerá sobre él la maza de la Justicia. En este país hemos visto entrar en la cárcel al yerno del Rey, a un ex vicepresidente del gobierno y ex director del Fondo Monetario Internacional, a ex ministros, a ex presidentes autonómicos, a un ex director de la Guardia Civil, a banqueros de reconocido prestigio y a empresarios de postín, sin que se hayan removido los cimientos del Estado. Por eso cuesta creer que a estas alturas, un diputado, un general de la Guardia Civil y un empresario, piensen que pueden montar una cutre-trama delictiva sin que les pillen. Y encima dejarse retratar en todo tipo de burdeles para dejar más evidencias de sus andanzas.

Estos días viendo el escándalo del “tito Berni”, que huele a whisky del rancio, me han venido a la mente esos cientos de políticos que tienen verdadera vocación. Conozco a muchos alcaldes y concejales que llevan años partiéndose la cara por los suyos, sin un euro de sueldo, y poniendo los gastos del día a día de su bolsillo. También hay diputados que trabajan en jornadas de sol a sol en el Congreso para preparar sus comisiones, sus intervenciones o para estudiar los vericuetos de las leyes que hay en marcha. Y por supuesto, he tenido la oportunidad de hablar con algunos ministros que ganaban mucho más dinero en su actividad privada pero que, sin embargo, un día eligieron el camino de la “cosa pública” para intentar mejorar la vida de los demás.

A todos ellos estos días, les parecerá muy injusta - y desde luego tienen razón – esa manida frase de que “son todos iguales”. Desde luego, que no lo son. Afortunadamente lo del “tito Berni” es una excepción aunque haga tanto ruido. El escándalo es necesario para exponer sus miserias y espantar futuras tentaciones. Y desde luego, que la indignación debería ser general y no partidista porque, por desgracia, casos de estos los ha habido y los habrá en todos los partidos.

Nunca dejará de sorprendernos el exceso de codicia, porque la estupidez humana es mucho más habitual. Lo malo es cuando se juntan las dos en alguien vicioso y con algo de poder. Y aquí parece que ha habido mucho de ambas y han faltado dos dedos de frente.

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