26 enero 2022
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Lydia Lozano

29 nov 2021 / 03:00 H.

    La desafección política es un elemento característico de nuestras sociedades. Es bastante normal escuchar de boca de cualquiera aquello de “yo no entiendo de política” o “todos los políticos son iguales”, mientras nuestros representantes suspenden en sus valoraciones en cada encuesta. Luego nos sorprendemos de por qué se viralizan videos con proclamas que braman la búsqueda de salvadores con discursos vacíos, o cómo puede haber personas negacionistas de un virus que se ha cobrado la vida de decenas de miles. Esto es lo que ocurre cuando estamos más preocupados de la ya extinguida ETA que de garantizar condiciones de vida digna a toda la ciudadanía.

    También nos sorprendemos de por qué Yolanda Díaz es, mes tras mes, la líder mejor valorada, cuando es comunista. Es decir, poco más que un demonio rojo. Y cualquier científico social os dirá que poco tiene que ver con la cocina del CIS. Creo que hay diferencias que saltan a la vista, y últimamente he visto los plenos de las Cortes de Castilla y León. Y me sorprende que en una tierra a cuyos habitantes se nos atribuyen caracteres secos y recios, el debate político sea tan bronco. De hecho, no es raro observar a procuradoras socialdemócratas con un tono chulesco señalando con el dedo mientras increpan al presidente de las Cortes al grito de “¡al orden de qué!”. Y no es por defender al presidente, de sobra conocido en estas tierras, sino mantener un debate constructivo interpelando correctamente a un cargo que está ahí por mandato constitucional. Esa Ley Suprema a la que tanto gusta apelar cuando interesa.

    Y aunque de sobra es sabido el poco arraigo a las instituciones federales, lo que considero más preocupante es lo lejos que queda esto de la gente. Luego culparán al pueblo de desapego. Pero si los electores quieren ver bronca, basta con que sintonicen cada tarde un programa de televisión en el que, durante cinco horas, podemos escuchar a Lydia Lozano peleándose con Belén Esteban. Y no pido corrección política, pues la política tiene mucho de pasional, sino que se tomen en serio su mandato representativo. Y esta es la diferencia con Yolanda Díaz. Nuestra vicepresidenta se aleja de esas discusiones en el barro, razonando con los datos sobre la mesa (para maldición de García Egea). Pero, y, sobre todo, trabaja. Las medidas del Ministerio de Trabajo han impedido que, durante los periodos más críticos de esta pandemia, millones cayeran en la pobreza. Y los datos de empleo siguen cosechando números nunca vistos desde la crisis del 2008. Actualmente, la tasa de paro en España es del 14.57%, bajando un 3.6% en el último trimestre, contando con más de 20 millones de ocupados. Buenas noticias, aunque queden cosas por pulir.

    Es esta política de lo material la que se torna en resultados reales. Una política que implica a la ciudadanía. Como la que muchos alcaldes y alcaldesas de nuestros municipios -aunque no siempre y no todos-, llevan a cabo. Una política de mejora de la vida de las personas. Incluso aunque los representantes tengan ideologías contrarias a lo que luego las gentes del pueblo votan en las elecciones al Congreso. Y es que la sociedad del Estado español es madura y coherente. De ahí que las buenas acciones se valoren. Lo que es bueno es bueno, lo diga Agamenón o su porquero.

    En el punto de la Historia en el que nos encontramos, con un sistema globalizado en declive -se ha visto con la actual crisis de suministros provocada por el cuello de botella en la producción por una causa sobrevenida como es la Covid- la vuelta a lo local, a lo palpable, a lo visible, se está volviendo no solo necesaria, sino suficiente. Una política cercana, real y con resultados justos para todos y todas. Así que ya saben, más parecerse a Yolanda Díaz y menos a Lydia Lozano.

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