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Créame si le digo que muchos de los que estamos fuera de Salamanca, ya sea por obligación, elección o devoción, hay un lunes al año en el que compartimos, más que ningún otro, la añoranza por nuestra tierra. Cuando acabe este fin de semana, la gran mayoría echaremos de menos esas jornadas de merienda y campo, que cuando estábamos allí tanto pudimos disfrutar. Y ahora que las tecnologías lo inundan todo, vuelan en las redes sociales y en los grupos de “whatsapp”, los recuerdos, las felicitaciones y también los modernos “emoticonos” con un hornazo.

De todas las fiestas que hay en esta ciudad, la del Lunes de Aguas es quizá la más singular. Una celebración pagana, con un origen de dudosa reputación, que se ha trasmitido de generación en generación sin que nadie haya sido capaz de acabar con ella. Ni siquiera en la dictadura se atrevieron a vetarla, aunque sí maquillaron el nombre del “Padre Putas”, con un pueril “Padre Lucas”.

Los lunes de aguas son más que un día para echarse al campo o a la ribera del río, en familia o entre amigos, y disfrutar de la bota de vino y el hornazo, aunque eso y solo eso, sea lo que marca la tradición. Los lunes de aguas son también una reivindicación popular de nuestra historia.

Una rememoración de ese “Siglo de Oro” en el que esta ciudad fue uno de los epicentros del saber y de la mejor literatura universal. La historia de este día nos lleva a esa Salamanca de piedra dorada en la que el estudio, la sobriedad y la fe se mezclaban con la lujuria, las tabernas, el desenfreno y la sana diversión de los miles de jóvenes que venían aquí en busca del saber. El origen de esta jornada nos lleva a esa urbe imaginable cuando se lee el “Lazarillo de Tormes” o la “Celestina”.

Por eso me extraña que a estas alturas no haya un monumento que recuerde, durante todo el año, al lunes de aguas en la parte más turística de la ciudad. Ese día es también un patrimonio digno de narrar y de enseñar a los que nos visitan.

Se ha mantenido viva la costumbre, igual que se ha protegido la piedra de Villamayor, como nexo de unión de aquellos siglos con nuestro tiempo. Y sin embargo, las referencias más allá del día, son mínimas. Así que se debería inmortalizar de alguna forma, para que constase su existencia todos los días del calendario.

Mientras tanto, disfrute usted que puede de esta auténtica fiesta popular. Deguste un buen hornazo, que es también un tesoro gastronómico inigualable. Y por supuesto, diviértase y si es posible acuérdese, al menos un poco, de los que no podemos estar.

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