15 agosto 2020
  • Hola

Lorzas

15 jul 2020 / 03:00 H.

    Nunca pude pensar que mi lorza podía ser de utilidad. Nacida y crecida tras el adiós al fumeque, no supe que se llamaba así por el Diccionario, sino porque una amiga la señaló, acusadora, cuando aún era incipiente: “¿Y esa lorza?”. O sea, que la palabra no se aplicaba solo a los pliegues en las prendas de vestir, sino también, coloquialmente, según la Academia, al “pliegue de gordura que se forma en alguna parte del cuerpo, especialmente en la cintura”. Lo cierto es que ese plisado, ese frunce que lucimos tantos batuecos en la panza, llega a ser un antiestético y molestizo faldón abdominal, que no se reduce ni a tiros y que incluso nos impide ver otras vergüenzas. Bueno, pues la grasa, la manteca que contiene, sus células mesenquinales, han servido -¡pásmense!-, para curar algunos enfermos de corona-virus. Mi admiración y aplauso para los doctores que la han empleado con éxito en Salamanca. Lourdes García, de Cirugía Plástica, que la extrae, y el principal investigador y responsable del tratamiento, Fermín Sánchez-Guijo, director del área de Terapia Celular.

    No acabo de creerme que la media arroba de grasa que cuelga de la barriga cervecera de tantos abdómenes patrios, sirva para algo. Y mira que uno conoce faldones cárnicos gloriosos, como de bautizo de lujo, rotundos, temblorosos - ¡puagg...!-, criados con mimo, no haciendo dieta mediterránea precisamente, sino engullendo codiciosamente lo más insano de las despensas. Obviamente, por su procedencia humana, no podía ni ser empleada para abastecer candiles o preparar mantecadas. O a los gusanos o a la pira.

    A los niños de antaño nos asustaban con el “sacamantecas”, que nos extraería las tripas. Y en mi caso, ya adulto, cuando olvidé el tabaco y alcancé las once arrobas, mi amigo Vidal “Escalera”, de Tamames, me advirtió: “No pases cerca de Guijuelo que allí han sacrificado animales de menos peso”. Mira por cuanto, hogaño hay doctores sabios que emplean nuestro exceso de grasa para curar, resultando un doble beneficio: para el donante, que ve reducida su andorga, y para el donatario, que puede sanar. (Sucede que uno, que lástima, no puede ser donante, entre otras cosas porque su manteca estará ya rancia). Bromas aparte, mi cordial enhorabuena a esos formidables médicos.