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La necesidad de mantener la actividad durante la pandemia nos obligó a adoptar nuevos procedimientos en la educación. Tuvimos que emplear tecnologías sobre las que ya nos apoyábamos, pero forzados a emplearlas con carácter exclusivo. Poco a poco, el denominado modelo de “presencialidad segura” atenuó la virtualización, pero la videoconferencia y la evaluación online fueron durante casi un curso y medio la regla general. Todos realizamos un gran esfuerzo y aprendimos mucho de la experiencia. Cultivamos habilidades, pero también nos concienciamos de nuevos peligros que afectan al proceso educativo.

La inteligencia artificial constituye una auténtica revolución para la humanidad, también en el terreno académico. El hecho de que las máquinas puedan pensar y aprender por sí solas representa un avance cuya relevancia tal vez no estemos aún en condiciones de comprender. Meses atrás, los docentes nos vimos ante la necesidad de asumir el riesgo de fraudes en la realización de exámenes a distancia frente al que muy poco pudimos hacer. Pero la inteligencia artificial va mucho más allá, pues ofrece al estudiante la posibilidad de encomendarle a la máquina la tarea de pensar por él, permitiéndole presentar a evaluación, como si fuese suyo, el producto de un algoritmo. Sin necesidad de emplear especiales conocimientos informáticos, el sistema devuelve al usuario textos originales, convincentes y bien escritos, responde cuestionarios o resuelve casos prácticos.

Debemos ser capaces de domesticar esta nueva realidad. Sería absurdo renunciar a las importantes ventajas que también ofrece, pero también evidencia la necesidad de adoptar medidas para encauzar sus preocupantes desviaciones, máxime ante la proliferación de universidades que desarrollan su actividad exclusivamente a través de las redes, ofreciendo títulos con idéntico reconocimiento oficial que las tradicionales. No hablo del futuro, sino de una realidad que se extiende.

Urge el fomento de una cultura de integridad que permita comprender a todos los actores las consecuencias del fraude académico. En tanto no se implante ese pensamiento –si se implanta–, y aunque sea con retraso, la inteligencia artificial también progresa para ofrecer al profesorado la identificación de fraudes y la calificación del trabajo de sus estudiantes. Definitivamente, nos situamos ante una preocupante distopía tecnológica en el sistema formativo que se hace realidad: la del singular combate entre la computadora del alumno y la del docente.

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