25 enero 2022
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Indignos herederos

15 ene 2022 / 03:00 H.

    EL jueves llegó al Centro de la Memoria Histórica de Salamanca el legado de Marcelino Camacho y su compañera Josefina Samper. Está compuesto de un archivo de nada menos que diez metros lineales, más libros, revistas, folletos, etc. Muy interesante para estudiosos de la transición. Pero a mi juicio el verdadero legado de Marcelino Camacho no es el documental, sino el humano, su coherencia ideológica, su lucha contra la dictadura, pasando incólume por campos de trabajos forzosos y cárceles del franquismo. Reduciendo ese legado a una sola frase, es la que emocionadamente pronunció en las Cortes Constituyentes en defensa de la Ley de Amnistía (de amnesia, olvido, perdón), en nombre de los “perdedores” de la guerra incivil: “Hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores”. Era el legado de un luchador histórico a las siguientes generaciones de comunistas, que dieran por sepultados los resentimientos. Los comprensibles odios de los vencidos hacia los vencedores, habían sido generosamente inhumados. En suma, se imponía al fin la concordia. ¿Hermoso, verdad? Sucede no solo que faltaban por enterrar dignamente a las víctimas arrojadas a las cunetas, sino sobre todo que los legatarios, los nietos (que no los hijos) de quienes lucharon por la República, han rechazado esa disposición —que llamaré testamentaria—, del ejemplar soriano. Han desenterrado el rencor, el odio, y hemos vuelto a las dos Españas.

    ¿Y quiénes son esos nietos que han aborrecido el legado de Camacho, Carrillo y algunos otros? Les trae al pairo todo, la peluca de Carrillo, o la bandera tricolor que cubrió el féretro de Azaña, por citar dos ejemplos de los que atesora el Archivo histórico salmantino. Ellos no estaban allí, no tienen estirpe, son Adanes en su figurado paraíso. Tampoco conocen el hermoso discurso de aquel presidente de la República, que concluye sosteniendo que los muertos de la guerra fratricida nos dicen a todos los españoles, incluidos ellos: “Paz, piedad y perdón”. Son los que nos quieren vender su sectario relato de nuestro pasado. Como ejemplo local, elevar a los altares al comunista y mediocre poeta salmantino Marcos Ana, por haber pasado media vida en las cárceles, pero silenciando o negando los crímenes que le llevaron a la pena de muerte (conmutada).

    He conocido como persona, y como abogado, a herederos que no respetaban los legados dispuestos en el testamento por su padre fallecido, deshonrando la memoria del causante. Y también a quienes desconocen o reniegan del ejemplo de grandeza de sus mayores. Son indignos herederos de quienes, sufriendo, les precedieron. Es el caso de esos españoles, que ni siquiera quieren serlo, para los que la patria y su bandera estorban; el himno, una “cutre pachanga fachosa”; para los que la Monarquía borbónica reina gracias a Franco; quienes desprecian lo mejor de nuestra herencia material e inmaterial; los que siendo usualmente anodinos o ceporros, quieren imponernos su fracasada ideología, con cien millones de muertos; esos para los que quienes no pensamos como ellos, somos despreciables fachas; quienes serían capaces de dinamitar los pantanos por haberlos inaugurado el llamado caudillo (Dice un amigo que quieren ¡ganar la guerra!).

    Estos sembradores de rencor, que ya están en el gobierno y tienen abducido a Sánchez, ¿quiénes son, qué han hecho en su vida, qué currículo pueden exhibir? No es que no hayan corrido delante de los grises, ni pisado una Comisaría, como presumían en la transición algunos meritorios, mintiendo. Es que insultan y dan coces a los policías nacionales. ¿Pero qué profesión tienen? Cajera, reponedor de supermercado, trabajar en “la pesoe”, un mini máster con diploma, una tesis plagiada... Su incompetencia les acaba delatando, mientras destrozan este país.

    Vino a “recoger” el legado de Camacho, la vicepresidenta comunista Yolanda Díaz. Declaró que ella era “una buena persona” (¡), se puso la mascarilla, “fuese y no hubo nada”. Ya en Madrid, volvió a su trinchera de rencor exhumado, insepulto.

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