15 diciembre 2019
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Humo, polvo, nada y viento

02 nov 2019 / 03:00 H.
Alberto Estella
El farol

Lucía hermoso el cementerio de Béjar. Allí nada más entrar, pasillo central, el viejo “Yemitas”, don Eduardo Gancedo, salesiano, el primero que indujo a este alumno a escribir. Los parientes, y cerca una inscripción insólita, no de los deudos, que es lo usual, sino del presuntuoso cadáver, porque afirma prolongar el afecto, y sin ir al infierno: “Yo muero, pero mi cariño no muere; os amaré desde el cielo, como os he amado en la tierra”. Quien encargó al marmolista esa leyenda, no había leído a Calderón, del que he tomado el título para esta columna, y que en otro romance nos recuerda : “Una llama soy que vivo/obediente a un fácil soplo,/humilde barro y al fin/fuego y humo, tierra y polvo”.

“Tus amigos no te olvidan”, de Luis Carandell, con fotos de mi amigo y maestro Pepe Núñez, es un curioso libro, que me regaló Rosa Bondía, en San Alberto 1975, cinco días antes de morir Franco. También cinco antes de que algunos amigos, en un herradero, canturrearan “ya se murió el burro que acarreaba la vinagre”. Incluye el Valle de los Caídos —aún sin el “invicto”—, que Carandell consideraba “una incongruente mezcla de estilos”. Núñez, el gran fotógrafo salmantino, aporta, entre otras imágenes, “lápidas que gritan. Los deudos llaman a voces al muerto como en un desesperado intento de devolverle la vida” (¡Purita!, ¡Paquito!...). Y es que en esto de los epitafios hay de todo.

Ayer se publicaba aquí el nunca bien ponderado epitafio de Unamuno, cuya grafía me entero que es de Luis Santos, el marido de su nieta Carmina, del que precisamente se presenta un libro-homenaje el miércoles en el Casino. Los padres de Ana y Carmen Martín Gaite les pidieron que lo reprodujeran en su tumba —porque se supone que en el pecho del Padre Eterno cabemos muchos—, y así están en El Boalo de la sierra madrileña. El de Carmiña es cabal: “Recordarte apareja el gozo de la sonrisa”. El inventor de este quehacer, de las modernas columnas de prensa, César González Ruano, redactó el suyo: “Vino, venció, fue vencido/ en lo que quiso vencer./Escribió y en el tintero/dejó lo que quiso hacer,/por hacer lo que quisieron./Y se fue”. En la lápida de otros escritores que uno venera, como Cela, figura su conocido lema “El que resiste gana”; y en la de Delibes, puede leerse un bizarro desafío: “Espero que Cristo cumpla su palabra”. Aunque en despedidas me quedo con la angustiosa de Agustín de Foxá: “Y pensar que después que yo me muera/aún surgirán mañanas luminosas,/que bajo un cielo azul, la primavera/indiferente a mi mansión postrera/encarnará en la seda de las rosas”...

Por su parte, también ayer, El País reproducía algunos epitafios de La Almudena, algunos pintorescos, simpáticos: “Nos vemos en las Seychelles”, “Sin comentarios”, “Que os pique un pollo. Allí nos vemos”, o “Aquí está Paco tumbao y que le quiten lo bailao”.

Pero puestos en serio, y ante los avatares que sufre España, y los que puede padecer muy pronto, recuerdo las tumbas de tres españoles: Manuel Azaña, Claudio Sánchez Albornoz y Adolfo Suárez. El ex primer ministro republicano había dicho: “Se me romperá el corazón y nadie sabrá nunca cuánto sufrí por la libertad de España”. En el cementerio francés de Montauban puede leerse la frase final de su bellísimo y poco observado discurso de aquel 18 de julio de 1938. Quiso sacar de la musa del escarmiento —nuestra brutal guerra fratricida—, el mayor bien, rogando que si volvía a hervirnos la sangre iracunda —y no andamos tan lejos de ese hervor—, pensáramos en los muertos y escucháramos su lección: ...“ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, piedad y perdón”.

Las otras dos tumbas, separadas apenas diez metros, ambas en el claustro de la catedral de Ávila, son las de don Claudio Sánchez Albornoz, que fue presidente de la II República en el exilio, y de quien bajo una Monarquía parlamentaria, pilotó la Transición española, con regresos del exilio, reconciliaciones y amnistías generosas, Adolfo Suárez. Su lápida nos recuerda que “La concordia fue posible”, que la logramos en 1978, aunque ahora haya —serán necios—, quienes quieren derrocharla descuartizándola. De nuevo es posible, siempre que escuchemos las lecciones de la historia y las de algunos compatriotas que nos precedieron y nos alientan desde su eterno descanso.