28 septiembre 2020
  • Hola

Hasta luego, Señor

05 ago 2020 / 03:00 H.

    No, no quiero que muera en el exilio. Sería un trágico, inmerecido e injusto final. Ama a España e hizo muchísimo por ella, aunque los de menos de cuarenta años -como él mismo ha confesado-, “me recordarán como el de Corina, el elefante y el maletín”. Los que doblamos esa edad debemos dejar, en este día triste para la mayoría de nosotros, testimonio de su gigantesca obra, la que hoy permite precisamente a muchos villanos brindar con cava, y la que a otros nos llena de nostalgia, esa mezcla de pena, tristeza y melancolía. Se dice muy pronto, pero logró una hazaña histórica, imborrable: de la dictadura a la democracia, sin sangre. ¿Un Borbón? Sí, ¡un Borbón!, que nació en el exilio y ha elegido el fatídico destino de sus antepasados.

    Uno, que no es monárquico, se apesadumbró con la persecución descarnada, no ya del monarca emérito -encabezada por una ex amante despechada-, sino de la Corona -alentada por Podemos y los separatistas, y tolerada por Pedro Sánchez-. ¿Cree alguien que me olvido de sus infidelidades, sus cobros...? Pero a mi condición de jurista (que me exige respetar la presunción de inocencia), se une la del anciano indulgente con las faltas ajenas (por padecer tantas propias), y la de quien permaneció secuestrado las dieciocho horas más amargas de la historia reciente y en la madrugada supo que el Rey había abortado el golpe y salvado la democracia, por la que muchos nos habíamos dejado la piel y los rencores. ¿El balance de su reinado? Claramente positivo.

    Siempre me ha parecido absurdo que el concepto de filopatría, el amor a la patria, a la cuna de tus mayores, se predique solamente de ciertas especies de animales y no de los hombres, de los patriotas que gimen desde la lejanía por regresar a sus raíces. Juan Carlos I padece filopatría.

    Volverá con su saco de lágrimas, con sus pecados a cuestas, sus graves errores, pero también su grandeza, que solo los necios pueden negarle. Si yo brindo por algo es para que algún día retorne a su querida España, que tanto le debe. Si fuera preciso para responder ante los Tribunales, pero, ¡por Dios!, antes de que venga directo al pudridero de El Escorial.