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España ha entrado en barrena y los españoles con ella. Mayday, mayday, mayday, ¿alguien nos escucha? De Franco a las feminazis pasando ahora por la guerra del protocolo institucional, el ambiente nacional no puede estar más contaminado y embrutecido y uno tiene la sensación de que no es ciudadano de aquí, más bien parecemos muñequitos invisibles fabricados por la juguetera “Payá”.

Al menos es mi sensación, buscando además asideros para poder mantenerme en pie. La libertad -en su concepto más primigenio- se ha convertido en un truco de magia que guardamos celosamente, temerosos de que el apocalipsis político que nos ha traído el siglo XXI -la ilusión que no fue- nos la arrebate; la libertad entendida como viaje supremo del individuo y no como un postureo falsamente democrático.

La sociedad está temerosa pero se esfuerza por aparentar normalidad, por eso en plena crisis socioeconómica los restaurantes están llenos. Pero no podemos ser tan tontos: maquillaremos la realidad mirando para otro lado, pero no la ignoramos. O eso quiero pensar

Nuestros malísimos gobernantes se han olvidado de nosotros hasta hacernos creer que lo anormal es lo normal. Nuestro gran error, de dimensiones bíblicas, ha sido amoldarnos a la deformidad, aceptar la mentira cien veces repetida y hacer funcionar un sistema gripado. Que nos hayan dejado colgados de una aplicación del móvil, haciéndoles gratis sus trabajos hasta habernos convertido en sus esclavos digitales, es la mayor revolución de este siglo, una descomunal pérdida de tiempo y por tanto de libertad. Sin embargo, lo vendieron y lo siguen vendiendo como el gran salto cualitativo de nuestras vidas: conectados se vive mejor. Piensen en Matrix y empecemos a jugar con ChatGPT.

Mientras tanto, viviendo como si fuera un juego, se nos esconde la cruda y dura realidad, la misma que nos han convencido de que no existe. Lo importante no existe. Hablemos de ello: ¿quién va a mantener el sistema de pensiones, el sanitario, la educación?, ¿qué pasa con el desempleo crónico?, ¿y con el abandono escolar que en España es una pandemia?, ¿qué ha sido de la cultura en general y de la creatividad en particular?, ¿cuándo reventarán los “aparcamientos” para jóvenes en las universidades? Muchas preguntas, muy básicas -y muy evidentes- pero todas no ya sin respuesta, sino sin ser ni siquiera formuladas. El futuro lo hemos convertido en una quimera, en una palabra vacía y a nadie parece importarle, entretenidos como están aplaudiendo a un terrorista colombiano, “Fakejoo” incluido.

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