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No entiendo nada de fútbol. Llegué a comprender lo que era el fuera de juego, pero se me ha olvidado porque no me importa. Ojo, que si alguien saca una pelota, me apunto de inmediato a darle unas patadas y echarnos unas risas. Cuidadito con mi regateo. Pero no he visto un partido de fútbol entero en mi vida porque me aburre. Una cosa es jugar y otra ver cómo juegan los otros, un voyeurismo que yo no disfruto. Si estoy al tanto de la liga es únicamente porque mis colegas de deportes de la COPE lo hacen tan bien y tan ameno que no hay quien apague la radio.

Pero lo reconozco, genéticamente pertenezco a la tribu de los culturetas, de las ratas de biblioteca, que prefieren enfrascarse en la lectura la tarde del domingo y que le cuenten después el partido. Todo esto para decir que no estoy capacitada para juzgar cómo juega Vinicius. Para nada. Ni para discernir si sus lágrimas forman parte de no se qué estrategia político-futbolística-comercial. Ahí me inhibo. Por completo. Pero sí estoy capacitada para avergonzarme de mi país, en el que en los campos de fútbol se insulta a los jugadores utilizando para ello el color de su piel. No se puede ser más rastrero.

Asumo que los energúmenos que muestran tal comportamiento en el campo son minoría. Un puñado de frustrados y cobardes que esputan, escondidos en la masa, lo que no son capaces de decir firmando con nombre y apellido. Por eso llamo al corage civil a la mayoría. No basta con no insultar, es necesario además hacer ver al que insulta su ceguera. A quien escupe un exabrupto racista, el que esté sentado a su lado tiene la obligación moral de pararle los pies con soberanía, con un real «¿por qué no te callas?»

No se me ocurre ninguna ignota razón por la que los jugadores en el campo, de uno y otro equipo, no le hacen un público corte de mangas desde el césped a los espectadores racistas. Si yo fuera el árbitro, pararía el partido hasta que hubieran sido amablemente invitados a abandonar las gradas y expulsados del estadio. Prioridad a los derechos humanos y luego ya el fútbol. Si yo fuera hincha, dejaría de ir al campo.

Y a quienes alegan que Vinicius dramatiza, les respondo que si no hubiese insultos racistas no tendría oportunidad de dramatizar. Si no es la directiva del club, tendrá que ser un juez el que haga cumplir la ley, que dice que en España los ciudadanos somos todos iguales y que a ninguno se nos puede insultar, ni acosar impunemente. Vinicius, ponles una señora demanda y factura la indeminización.

Las mujeres ya no lloran y los negros tampoco.

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