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Rescaté hace ya años, en un mercadillo callejero de Berlín, un libro de texto alemán de 1937. Me lo llevé a casa, me preparé un cafetito y me dispuse a curiosear en la demagogia educativa de la época nazi, para descubrir con sorpresa que no había excesiva diferencia con la demagogia educativa que vemos hoy en día. Me llamó la atención, sin embargo, uno de los apéndices, al final de la edición del libro escolar, en el que figuraban todas las rutas ferroviarias del país, con sus correspondientes horarios de salida y llegada, además de varias señaladas conexiones internacionales.

Resulta que, a principios de los años cuarenta, los niños alemanes memorizaban en sexto grado todos los trenes que recorrían a diario el territorio nacional con la misma naturalidad con la que nosotros, en la EGB, memorizábamos la tabla de multiplicar. Cultura general. Hitler se ocupó de que cualquier chaval que quisiera viajar en tren pudiera hacerlo a un precio irrisorio y que tuviese en mente todas las posibilidades. En lo que hoy llamaríamos «Cono», aquellos chavales interiorizaban la vertebración territorial a base de tablas ferroviarias y, si además se aprendían el modelo de locomotora que tiraba de los vagones en cada uno de los trayectos, subían nota. Acabo de echar un nuevo vistazo al ejemplar, polvoriento, que me ha recordado la barra libre ferroviaria para jóvenes. Imagino que los chavales subirán a los trenes este verano sin tener en mente el mapa ferroviario español.

Si lo tuviesen delante, entenderían que viajar en tren por las españas es más complicado de lo que parece, que hay zonas a las que el AVE ha discriminado, de manera que quedan menos vertebradas en el territorio, y que hay lugares a los que las insuficientes frecuencias impiden una comunicación fluida con el resto del territorio. Pero se van a enterar. Porque, a diferencia de lo que piensan en Moncloa, ser joven no equivale a ser tonto, por mucho que el gobierno se empeñe en tratarlos como a idiotas, especialmente en campaña electoral.

En cuanto empiecen a planificar el viaje van a caer en la cuenta de las deficiencias que deberían estar siendo subsanadas con el presupuesto que se despilfarra para captar lo que ellos denominan voto joven y que en términos más estrictos es voto incauto. Sánchez presenta como novedad lo que ya disfrutábamos en los años noventa con la tarjeta ISIC, que permitió a muchos estudiantes viajar en tren por Europa y ampliar nuestros personales horizontes, sin que por ello insultase nadie nuestra inteligencia tratando de capitalizar la evidencia. Y no, no estoy comparando a Sánchez con Hitler. Más bien lo veo como a un Javier Gurruchaga desbocado, sobrado de maquillaje, con mucha pluma y cantando con morritos calientes: «¡Viaje con nosotros, si quiere gozar!».

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