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Es fenomenal esta fiesta de la democracia. ¡Todos a votar! ¡Qué subidón! Las promesas de gasto público caen como un colorido confeti de campaña y el elector se frota las manos mientras hace cuentas y calcula cuánto le toca de lo que cada partido reparte. Ten cuidado con lo que deseas, dijo el sabio, porque corres el riesgo de que se convierta en realidad. Podríamos terminar viendo a Salamanca con una residencia o un centro de día en cada esquina, con la misma cadencia con la que en otro tiempo se sucedían los bares, y ahí sí que te da la bajona. Pero mientras tanto, ¡ea!, ¡que nos quiten lo bailao! Yo solo pediría, tengan los candidatos a bien, que junto a cada promesa electoral nos informen de su coste para el erario público y, si no es mucho pedir, anoten a pie de página de qué otra partida presupuestaria van a restar esa cantidad. Que cómo piensan pagarlo, para entendernos. En primer lugar, por saber si es viable o si estamos votando ilusiones. Que la ilusión de la aurora y los besos se desvanecen, como bien dijo Federico. Me refiero a García Lorca. Y en segundo lugar porque, si no hay cómo rascar en el presupuesto, sólo quedan dos alternativas, peste o cólera: nuevos impuestos o nueva deuda. Y ahí es donde la fiesta se nos va de las manos y amenaza con terminar en tragedia. Porque hace ya tiempo que sobrepasamos las líneas de sensatez que se le suponen a un presupuesto público. A mí me tiemblan las rodillas cuando leo que la deuda de la Seguridad Social se ha duplicado desde 2019, triplicado desde 2028. A mí y a todos los que no alcanzamos al seguro privado. En 2022, último dato del Banco de España, la deuda pública también batió un nuevo récord: 1,506 billones de euros, billones con b. Y en cada promesa electoral escucho un suma y sigue. Se le quitan a uno las ganas de celebrar. Da miedo ir con el voto a la urna porque después vendrá la factura y tenemos telarañas en los bolsillos. Los ingresos reales disponibles registraron en 2022 un descenso anual de, 3,6%, la segunda mayor caída de la serie histórica. Por eso sería deseable que, en las papeletas, junto al logotipo de cada partido y el nombre de los candidatos figurase lo que costará su programa electoral al contribuyente. Es un dato relevante. Lo mismito que las promesas de deducciones, que deberían ir escoltadas por un par de datos acerca de las prestaciones públicas que tendrían que desaparecer para hacerlas posibles. Y así el votante, en plan Chimo Bayo, iría considerando renunciar a ellas: ¡Esta sí! ¡Esta no!, sin parar de bailar, en la fiesta de la democracia.

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