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DE LARGO ALCANCE

Semana Santa

Ando pendiente del pronóstico del tiempo y ansiosa por volver a sentir el paso silente de los costaleros, por volver a mirar a los ojos al Crucificado

Lunes, 25 de marzo 2024, 05:30

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Andamos esta semana pendientes del pronóstico del tiempo. Comparando aplicaciones basadas en amenazantes algoritmos, que anuncian chubascos. Aguantando hasta el final la cansina tesis doctoral en la que se ha convertido el parte meteorológico del Telediario, en feroz batalla contra la habitual cabezadita en el sofá, tan justa como necesaria. Incluso a las cabañuelas recurrimos, a la desesperada, con tal de arañar un poco más de certeza sobre si lloverá o no lloverá a partir del Jueves Santo.

Unos sobrecogidos por la idea de no poder procesionar; otros temiendo no poder ver como los unos procesionan. Todos rogando por poder vivir un año más esto tan nuestro.

Por si acaso, ayer salimos en masa a la calle en pos de procesión. Jesús entró triunfante en Jerusalén arropado por multitudes a las que nadie quitará lo bailao. La alfombra de flores que engalanaba la Plaza Mayor semejaba un bordado serrano, como si la Plaza se hubiera vestido de charra para la ocasión. Pero no me quedé a ver cómo los niños pisaban los pétalos porque tenía una cita personal e intransferible con otra Borrquilla, la de Ledesma.

El nuevo paso ledesmino enternece por su sencillez, tanto a más que los niños a los que convoca, que agitaban ramos de olivo como quien ondea banderas de la inocencia. Ledesma, una digna villa de piedra que se alza sobre el Tormes con nobleza y en silencio, invita toda ella a la Semana Santa. Cada uno de sus sobrios rincones induce a la meditación de los misterios y no faltan en sus locales viandas con las que homenajear la visita, para quienes, además del alma, necesiten renovar el cuerpo. Sin querer faltar al boato capitalino, yo me decanto por la paz y el sosiego de la Samana Santa ledesmina.

No vamos a entrar aquí en competición malsana, porque sin duda hay tantas semanas santas como pecadores y todas ellas son valiosas e imprescindibles. Pero ver a los niños de Ledesma desfilando a lo largo de la Calzada de San Pedro no tiene rival, a la hora de infundir un hálito de esperanza en que algunos, incluso muchos, de los males que nos agobian y atenazan, son reversibles.

Los puristas de la Semana Santa desconfían del folklore procesionario, un tanto alejado de lo que ellos consideran el cristianismo de pura cepa. No terminan de entender y les molesta un poco que tipos que no van a misa los domingos, que no confiesan ni comulgan, se rasguen la camisa al paso del Jesús Nazareno y se partan la espalda bajo el trono de la Dolorosa.

Y no es que no les falte razón, sino que los caminos del Señor son insondables, a la hora de abrirse camino a través de las almas. Reducir la percepción de la Semana Santa al negocio del sector turístico es estar ciego a una realidad que mueve montañas, la de la fe.

Yo, sin embargo, agradezco a los hosteleros su papel de puntal en esta tradición y contemplo cada procesión como un auténtico milagro, como manifestación divina en este desdiosificado siglo XXI. Así que sí, ando pendiente del pronóstico del tiempo y ansiosa por volver a sentir el paso silente de los costaleros. Anhelante por volver a mirar a los ojos al Crucificado, buscando en ellos el perdón y la misericordia.

Agradecida a todos aquellos que, con su trabajo, dedicación y esmero, hacen posible nuestra Semana Santa. Desde los organizados y laboriosos cofrades, que llevan meses ocupándose de la Semana Santa, a los agobiados párrocos rurales, que andan estos días como pollo sin cabeza, tratando de atender a cada pueblo. Desde los camareros que se desloman, mesa por mesa, hasta el personal de limpieza que lo hará cuando nosotros nos hayamos ido. Desde las autoridades que fomentan y participan en las celebraciones, hasta los puristas que las critican, ayudando con ello a mantener la cordura espiritual.

Mi gratitud se dirige a todos ellos por mantener viva la Semana Santa.

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