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Desde la basta Anatolia, en el siglo VI a.C., Creso envió jinetes a todos los grandes santuarios oraculares del mundo griego. Los heraldos lidios llegaron a Delfos, Dodona, Dídima, incluso a Siwa, en el desierto del norte de África, con la misión de averiguar cuál de ellos era el más fiable. Esto lo cuenta magistralmente el salmantino Javier Jara Herrero, en el libro que ha publicado recientemene y que lleva por título 'El hogar de los dioses'. Cada emisario tenía instrucciones de esperar cien días desde su partida para formular la misma pregunta en la misma fecha: qué está haciendo ahora mismo Creso. Sólo el oráculo de Delfos adivinó que Creso había pasado ese día cocinando una tortuga y un cordero en un caldero de cobre, por lo que fue a este al que haría después la pregunta definitiva y en el origen de la aparatosa pesquisa, si debía o no atacar a los persas. El infalible oráculo de Delfos seguiría vaticinando durante siglos, hasta Teodosio y el cristianismo. La destrucción de un terremoto en el año 365 simbolizó tanto para la vieja como para la nueva religión el punto de inflexión en el que aquellas taimadas profecías dejaron definitivamente de justificar decisiones de gobierno.

Aunque me temo que no hemos avanzado demasiado, en términos de civilización. Basta recordar el consejo de expertos que supuestamente asistió al gobierno en las decisiones de la desescalada de la pandemia, mucho más ilusorio e imaginario que la pitia de Delfos. Al igual que los dictadores de la antigüedad, los gobiernos consultan hoy al oráculo que más les conviene, en el que el sacerdocio es más afín o regalado. Si hace falta determinada encuesta electoral, para eso está el CIS de Tezanos, que debe inhalar vapores como los del adyton. Si se trata de amedrentar a Comunidades Autónomas incómodas, se va uno a la ONU, cuya autoridad en nuestro mundo democrático multipolar iguala a la que en su momento caracterizó a los santuarios tocados por Apolo y donde el gobernante calcula que basta con repartir unos exvotos. Y si de lo que se trata es de que los dioses justifiquen la amnistía que dará paso al referéndum, se amaña una consulta con el tribunal en el que la mayoría de los magistrados sea moldeable.

A veces salen las cosas mal y la mayoría de los vocales del Consejo Fiscal te sorprende con un informe contrario, allí donde el Fiscal General se negaba a redactar un dictamen, pero el método sigue siendo el mismo. Y cabe recordar que si los oráculos cayeron en desuso fue tanto por el crecimiento del cristianismo como su por su propio desprestigio, un mal augurio para las instituciones que se prestan a ese juego. Por cierto, a Creso el oráculo le respondió: „si atacas a los persas, caerá un imperio«. ¡Y vaya que cayó, pero el suyo!

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