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Los chicos de mi clase, en los 80, veían los sábados por la mañana en televisión lucha americana. Consistía en que unos señores muy hormonados, en calzoncillos de colores y posiblemente en estado alterado de la conciencia, escenificaban una coreografía sobreactuada de porrazos y malos modos sobre un ring con cuerdas sumamente elásticas. El árbitro, que debía hacerse obedecer por aquellas moles fuera de control, era siempre un tipo bajito y calvo, quizá como elemento de contraste. Hulk Hogan, el que ganaba al final, lucía también una coronilla bronceada, que disimulaba dejando crecer su melena rubia y desviando la atención hacia su prominente bigote en forma de herradura, que llamaba mucho más la atención. Pero la principal característica de estos eventos era su palmaria falsedad. Resultaba muy evidente para una espectadora de La Bola de Cristal que aquellos señores no estaban luchando de verdad, sino representado sus papeles en una exhibición muy poco edificante y del todo prescindible. Nunca llegué a entender que los chicos permaneciesen hipnotizados ante la pantalla, ni que pidiesen después a los Reyes un Madelman con la cara de Hogan para jugar también a hacer el bruto. ¡Menudo aburrimiento! Quizá alguna empresa juguetera esté todavía a tiempo de sacar para la próxima campaña navideña muñecos de Milei y de Sánchez y se ponga las botas. Lo digo porque tanto la prensa de Argentina como la de España parecen hipnotizadas por el espectáculo, igualmente sobreactuado e igualmente falso, al que solamente se prestarían dos políticos populistas irresponsables y que deja a ambos servicios diplomáticos a la altura del betún. No parece haber nadie capaz de hacer su trabajo y devolver el asunto a los términos de anécdota que nunca debió haber perdido en el Palacio de Santa Cruz, con sus tapices flamencos y sus fantasmas. No se puede esperar mucho de un edificio en el que lo más prestigioso que se recuerda es el encarcelamiento de Lope de Vega. Así que triunfa lo que sea, con tal de disimular la gran calva de consistencia política que atenaza a estos dos caudillos, empeñados en rebajarse el uno a la altura del otro. Aquí lo sustancial es que en las europeas veremos un ascenso de los populismos, normalizados hasta la náusea, que nos abofeteará en la cara con consecuencias mucho más graves que las de este lamentable enganchón con una economía insignificante, en el que por otra parte, y esto lo digo con dedicatoria a los anfitriones de Milei, sólo podemos ponernos del lado de España. Bajarnos en Atocha. México me atormenta y Buenos Aires me mata, pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid. El mejor estadista, Sabina.

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