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No había pasado ni medio siglo desde la muerte de Constantino, el primer emperador cristiano, cando un profesor de retórica latina de 30 años que el futuro conocería como San Agustín llegó a Milán para enseñar literatura y elocución, a petición del prefecto de Roma. Su madre le había encargado con insistencia que visitase al obispo de Milán, que después sería San Ambrosio, al que Agustín describió en actitud de lectura en sus «Confesiones«. «Cuando leía, sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas«, anotó el de Hipona, rendido ante ese misterio lúcido de la lectura silenciosa. Ese misterio cerró ayer uno de sus mágicos círculos, cuando mi madre, que insistió en acudir a la Plaza en el Día del Libro, se fijó en un ejemplar de las «Confesiones«, una vieja edición de Austral que tendrá que leer con lupa. Lo compró por cinco euros, un tanto enfadada por el hecho de que ese libro no estuviese todavía en casa, como si con él nos faltase el pan o el agua. Y en su resolución cobraba cuerpo ese hilo invisible que une y alimenta a los lectores de generaciones y generaciones, desde el erudito mesopotámico que consultaba alguna de las treinta mil tablillas de la biblioteca del rey Asurbanipal, hasta el adicto que hoy lleva en su dispositivo digital una biblioteca de casi tantos libros como podía consultar el anterior. Ese hilo invisible une a una comunidad global de lectores de todos los tiempos, universalmente temidos, como decía Alberto Manguel en su «Historia de la Lectura«, porque el leer convierte a dóciles ciudadanos en seres racionales, capaces de oponerse a la injusticia, a la sinrazón y a la miseria o el abuso de los gobernantes. El lector accede al archivo de la memoria humana, al pensamiento allí engendrado, mientras que el no lector padece un trágico alzheimer que le impide orientarse correctamente en cuerpo y en espíritu. En el espacio íntimo entre el lector y su libro, se redefine el universo y se enlazan los eslabones de la creación. Y en la Plaza Mayor, engalanada de libros, se celebraba ayer el rescate de la estupidez por parte de los heroicos libreros de Salamanca, a los que admiro por su labor y no alcanzo a expresar mi agradecimiento. Gracias por colaborar en esa rueca infinita que sigue hilando la conexión entre infinitos lectores. Gracias por mantener viva la llama de la lectura, que supera cada día un mal augurio, a cual más funesto y menos a tener en cuenta. Al fin y al cabo, cuando Bill Gates publicó su libro «La sociedad sin papel«, lo publicó, por supuesto, en papel.

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