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Opinión

La garrapata

Me pareció que habíamos pasado a la prensa en modo censura y que volvíamos a entreleer los artículos en clave. Uno o incluso dos años más de legislatura barrunté

Lunes, 6 de mayo 2024, 05:30

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La garrapata es un animal especialmente resistente. La garrapata puede vivir en el laboratorio un año entero sin alimentarse y hasta dos años en la naturaleza, porque entra en diapausa, queda como inerte hasta que percibe que el ambiente es propicio para activarse. Cuando he leido esta información en LA GACETA, el pasado fin de semana, me asusté. No por el virus Crimea Congo, sino porque me pareció por un momento que habíamos pasado ya a la prensa en modo censura, como cuando Franco, y que volvíamos a entreleer los artículos en clave. Uno o incluso dos años más de legislatura, barrunté la traducción. Luego llegué al párrafo más esperanzador, en el que se informaba que hay un proyecto de vacuna basado en un vector adenovirus de chimpancé. Ahí mi capacidad de descifrado derrapó por derroteros inconfesables, de distopía sórdida, y caí en la cuenta de que no, todavía no ha llegado esa ley mordaza de la que todos hablan, unos más desde la amenaza y otros más desde la paranoia, avalada por el eufemismo de la lucha contra los bulos. Entiéndanme bien: soy la primera en contra de los bulos. Es más, no los perdono. Me he hecho con varias copias del vídeo que recoge cuatro de los momentos clave en el que se nos coló el bulo más gordo de la historia reciente de España y se nos convenció de que el gobierno no accedería a una amnistía inconstitucional: 14 de septiembre de 2021, con mascarilla y en el Senado; 20 de julio de 2023, estupendo ante sus palmeros televisivos; 10 de noviembre de 2022, de nuevo en La Sexta; y 30 de junio de 2021, nada menos que en el Congreso de los Diputados. Contra los bulos, nada mejor que los hechos. Y estos son hechos para la Historia. Guardo celosamente el documento por si desaparece de la red o de las actas. Los tentáculos de la censura son largos y pegajosos. Y aún así, la censura no es todopoderosa, yo diría incluso que es contraproducente. Algunas de las clases más divertidas de la carrera de Periodismo son las que enseñan cómo la sociedad franquista burlaba la censura a base de ingenio. Porque en cuanto nos prohiben hablar del elefante en la habitación, los españoles parecemos gozar derrochando talento en sus descripciones. Cierto es que no fue precisamente divertido para los periodistas que la han sufrido y la siguen sufriendo en innumerables regímenes totalitarios, mártires de la democracia. Y cierto es que la censura deja heridas y cicatrices imperecederas en la libertad. Muerto el bicho, sigue siendo difícil erradicar la enfermedad. Pero ni por esas España dejaba de pitorrearse de la censura franquista. El periodista madrileño Vicente Romero, en su libro «Los señores de las tijeras», relata fascinantes anécdotas sobre cómo la más acerada crítica se colaba en historias aparentemente inocentes. Porque cuanto más intocable se pretende una figura, más chispa y aparato despliega el respetable en su derribo; más poderoso se vuelve ese hilo sutil y libertario de la imaginación, que tira de los discursos hacia planos más elevados desde el fango de las ideologías, un fango que tiene el don de la ubicuidad. Desconfío por intuición de los pulquérrimos, que presumen de curriculum inmaculado desde el que sacan el dedo acusador. Deseo una España libre, en la que la prensa informe, ¡faltaría más!, y los ciudadanos opinen emancipados tanto de miedos como de conveniencias. Pero admito que corren malos tiempos. Es posible que volvamos a reirnos descodificando un «Bienvenido, Míster Marshall» y que volvamos a ver una «Viridiana». No en vano, triunfaba en las semanas pasadas la grabación del tenor de zarzuela José Franco, cuando cantaba aquello de «Dicen que me voy, dicen que me voy, pero me quedo». Hay que ponerle humor a todo, muy especialmente a la actualidad. Aprender a leer entre líneas y saber que, pase lo que pase, siempre podremos seguir hablando y escribiendo sobre las garrapatas.

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