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Opinión

Eslovaquia

Confiar el Gobierno a personas ineptas, sin escrúpulos o con poco seso termina siempre en perjuicio colectivo como resultado

Lunes, 20 de mayo 2024, 05:30

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No ganamos para sustos. La OTAN ha vuelto a aguantar la respiración, la semana pasada, tras escuchar los disparos que tumbaron a Robert Fico. En la polarizada Eslovaquia, donde la mitad separatista logró imponer la amputación de lo que hoy es la República Checa, gobiernan desde entonces la corrupción y las mafias, amparadas por políticos como Fico, el amigo de Putin.

Sus más recientes desmanes, sólo en los últimos tres meses, han sido eliminar la Fiscalía Anticorrupción, que perseguía a varios miembros de su partido, y sustituir la radiotelevisión pública eslovaca por un ente cuya dirección será designada en el futuro por el gobierno, convirtiéndola así en una máquina de propaganda. Tal es el desafuero, que la mitad del país a la que sólo le queda el derecho al pataleo acumula bilis, impotente, y el ácido ha terminado cristalizando en un deplorable intento de magnicidio. Pero si la OTAN aguantaba la respiración era porque, si Fico moría a causa de los disparos, su asesinato podría convertirse en el pretexto de su amigo Putin para extender el conflicto bélico a territorio de la Alianza.

En nuestros tiempos postmodernos, fluidos y postverdad, tomamos prestado el concepto de la teoría del caos, lo embadurnamos de sensiblería new age y llamamos a esto el „efecto mariposa«. A un segurata jubilado de Levice se le inflan las narices en la plaza Banikov de Handlová, que ninguno sabemos situar con certeza en el mapa, y terminan llevándose a nuestros hijos de 18 años a combatir en el Báltico. Mis abuelos, sin embargo, hubieran tirado de refrán: quien con niños se acuesta, mojado se levanta. Y habrían ganado en concreción y pragmatismo, porque en la tesis va implícita la solución.

Confiar el Gobierno a personas ineptas, sin escrúpulos o con poco seso termina siempre en perjuicio colectivo. El populismo, como muy bien sabemos nosotros, no es exclusivo de la política eslovaca. Y aunque es también sabido lo difícil que resulta escarmentar en cabeza ajena, creo que merece la pena el esfuerzo. Ahora bien, esto no se arregla sustituyendo a los medios de comunicación por cajas tontas a sueldo del gobierno, como intentan dictarnos desde Galapagar. Lo que necesitamos urgentemente es devolver la política a unos niveles mínimos de ética. Inexplicablemente, lo que está de moda es exactamente lo contrario. Abundan los discursos que defienden la desmoralización de la política y resucitan al Wittgenstein de 1965 para situar la moral «fuera del libro del mundo».

Yo lo que creo es que hay que desideologizar la política, que es otra cosa diferente. Dejar de vender crecepelos cuya única virtud es llevar impreso el sello del propio partido o responder a determinada etiqueta, a menudo igualmente fraudulenta. Liberarnos de la falacia de que nosotros somos los buenos y los otros los malos, porque sabemos que cuecen habas por doquier. Apretar un par de agujeros el cinturón de la autocrítica y elevarnos por encima de los propios intereses y conveniencias para dejar espacio al bien común. La falsedad es vil y reprensible, venga de la partido que venga, y lo justo es denunciarla. No lo digo yo, lo dice Aristóteles. En su 'Ética nicomáquea' escribió que el verdadero político debe ocuparse de la virtud, hacer buenos a los ciudadanos y someterlos a las leyes, mientras que lo que está hoy a la orden del día es el político que retuerce las leyes sobre el pescuezo de los ciudadanos para perpetuarse impunemente en el poder, que es su negocio. Y las consecuencias de renunciar a la virtud en la política llevan siempre a los peores capítulos de la historia. Fue también Aristóteles quien escribió, en su 'política', que el hombre perfecto es el mejor de los animales mientras permanezca sujeto a la ley, pero que apartado de ella es el peor de todos. Aceptar la ideología como política y el populismo como animal de compañía pasa factura. Son películas que ya hemos visto y sabemos cómo acaban.

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