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Opinión

Con las piernas encogidas

Una cuenta atrás terrible, como la del pobre Harry del cuento de Dahl, con la serpiente agazapada en tu barriga

Jueves, 6 de junio 2024, 05:30

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En aquella televisión de dos canales importaba tanto la imagen como la música. Todos los grandes programas (y anuncios) tenían su melodía inconfundible y nosotros éramos capaces de pasarnos horas tarareándolas –¿a qué no sabes cuál es esta? –. Algunas sumaban el encanto de lo vedado, como la que llegaba cada lunes por la noche. Se dibujaba en pantalla la silueta de un hombre calvo con muchos mofletes, en la que luego encajaba un señor real que presentaba con bastante cinismo (digo hoy) el misterio que se iba a desarrollar. Lo precedía un tararataritatí, tararataritatí, que solo tenía un problema: apenas empezaba y aparecían las letras «Alfred Hitchcock presenta», mi madre me mandaba a la cama.

Pero uno era de natural curioso y desde tiempo inmemorial dado a la exploración nocturna, así que harto de intentar captar el asunto desde mi cama, encontré que mi madre veía la tele sin cerrar del todo la puerta, rendija suficiente para que desde un ángulo del pasillo yo fuera más o menos capaz de seguir el capítulo y no verme privado de comentarlo luego en la fila del patio.

Aquel día el señor de los mofletes salió y contó algo de serpientes. Ojo. Ni Indiana Jones les tiene más fobia a los reptiles. Pero ahí me quedé. Prendido mientras un pobre hombre aseguraba que una serpiente muy venenosa se había metido entre las sábanas cuando estaba tumbado en su cama y se había quedado dormida encima de su estómago. Moverse equivalía a despertarla y sufrir su letal veneno.

Pocos minutos después, incapaz de soportar la tensión de esa habitación en la que tanto se sudaba, volví a mi cuarto. Pero ¿y si en el rato que había estado fuera la clásica serpiente que vive en un octavo había aprovechado para meterse en mi cama? La solución, no por absurda menos eficaz, fue encoger las piernas y esperar el amanecer.

Hay cosas que uno quiere afrontar y otras que mejor no. Estos días, la comunidad científica anda revolucionada con la constatación de que un gen (APOE4) es capaz de indicar, hasta diez años antes de que aparezcan los primeros síntomas, que se va a padecer Alzheimer.

Podría bastar un análisis de sangre para una fiabilidad del 95 %. La pregunta es si querríamos saberlo o no. El Centro del Alzheimer de Salamanca está haciendo una encuesta, porque el asunto es complicado. La ciencia no ha encontrado ningún remedio para esa enfermedad terrible que devora sueños, palabras y recuerdos. Enrique Pérez, el director de Investigaciones del CREA, me explicaba que saberlo podría llevar a asumir hábitos saludables que retrasen la enfermedad y la enlentezcan llegado el caso. Pero, ahora mismo, no hay más. Una cuenta atrás terrible, como la del pobre Harry del cuento de Dahl que adaptó Hitchcock, con la serpiente agazapada en tu barriga. Pienso en aquel niño del pasillo y me digo, casi sigo durmiendo con las piernas encogidas.

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