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Opinión

Aprender a leer

Parece que en el comercio quedó sobrevolando un virus letal que está acabando con buena parte de ese tejido histórico

Jueves, 20 de junio 2024, 05:30

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Vistas sobre la mesa parecían una colección de artilugios de otra época, como uno se imagina que serían los talleres de esos vidrieros de Murano que, al parecer, crearon la primera industria de las gafas. En la jornada de puertas abiertas de la ONCE, se alineaban algunas de las ayudas para que las personas que conservan algún resto de visión puedan seguir leyendo.

Cogí unas de las que me parecían más curiosas entre las gafas y me las coloqué con la ayuda de uno de los técnicos, que me explicó básicamente cómo proceder. Eran unas lentes muy gruesas, diseñadas para personas que solo mantienen algo de visión periférica. En efecto, no se veía nada por el centro de la lente y el truco, contra toda intuición, consistía en pegarse totalmente el papel a la nariz y solo entonces aparecían en los bordes de los cristales las letras a un tamaño descomunal.

Qué complicado tiene que ser leer así, le comentaba al técnico. Letras que formaban grupos por su cuenta, líneas que costaba unir, palabras sencillas que de repente parecían complejas de desentrañar. Y hay que pensar que muchos de sus usuarios alguna vez tuvieron una vista mucho mejor que fueron perdiendo por diversas circunstancias. Así es la vida, me decía el formador de la ONCE; aquí hay historias admirables, gente que tira para adelante y que nos asombra todos los días por su capacidad de resistir.

Esa es la lección. Resistir, no dejarse vencer por la vida incluso cuando todo se complica. Y, al contrario de lo que ocurre con esas gafas, a veces conviene alejarse un poco y coger perspectiva de las cosas que pasan.

Estos días en Salamanca siguen siendo noticia en los medios de comunicación el cierre de algunos establecimientos que llevan años marcando el paisaje urbano de miles de vidas.

Destaca el cierre de Ara, donde la mitad de mi generación compró el uniforme escolar, el traje de primera comunión, el de graduación o el de boda y ya piensas en el día en el que pases por allí y por primera vez no se arracimen los maniquís en el escaparate. Y es probable que en vez de Pozo Amarillo sigamos diciendo he venido por la calle de Ara, porque al final en eso consiste también el tejido comercial de una ciudad: un lugar común en la memoria.

La sociedad superó la pandemia, pero parece que en el comercio quedó sobrevolando un virus letal que está acabando con buena parte de ese tejido histórico de proximidad. Pero aquí instalarse en la nostalgia no sirve de gran cosa.

Grandes superficies, internet, gigantes logísticos son una competencia insoportable para el comercio tradicional, que, sin embargo, sigue teniendo mucho que ofrecer al cliente, aunque solo sea que te claven a ojo la talla o que te guarden esa prenda que sabían que te iban a encantar.

Hay quien se rinde y dice «son los tiempos» y hay quien coge las gafas y asume que hay que volver a aprender a leer.

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