Borrar
Opinión

La indiferencia

Está claro que la indiferencia se ha adueñado de la mayoría de los seres humanos, cada uno va a su bola

Lunes, 27 de mayo 2024, 05:30

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Opciones para compartir

Seguro que podrían ser mil títulos diferentes para esta columna de opinión, sin embargo, quizá este sea el más adecuado, no sólo para este caso si no para la vida que acontece. Vivimos momentos que para muchos son de felicidad y de alegría, muchas veces asociados a la avaricia y a los logros alcanzados, da igual el modo y la manera. La ética, los valores y los principios resultan indiferentes para la inmensa mayoría, aunque para unos más y para otros menos. Siempre se ha dicho que el que calla otorga, por lo tanto, mal quien lo hace mal y mal quien da la callada por respuesta.

En esta vida y en esta España nuestra no siempre tienen la culpa o la responsabilidad los demás, incluido Pedro Sánchez y su Gobierno. No le falta razón al ilustre Zapatero cuando ironiza y con sorna dice: «Qué raro que no le hayan echado la culpa a Pedro Sánchez de la independencia de las monjas clarisas». Sin duda alguna, hoy más que nunca, ningún palo quiere aguantar su vela, inconscientes de que «la oveja que no va por su propio pie no come el bocado que quiere».

Está claro que la indiferencia se ha adueñado de la vida de la mayoría de los seres humanos, cada uno a su bola, indiferente ante el mundo que le rodea y ante quien en él habita. Ayer conocí a Desmond, uno de tantos seres humanos caídos del cielo y, como diría Alberto Estella: «Un poco tostado de más porque se le olvidó a Dios sacarlo del horno a tiempo». Un joven con sonrisa nerviosa, entre emocionada y agradecida. Con mirada noble, transparente y como de perrillo asustado y maltratado. Un ser humano que al mirarlo te pone contra las cuerdas, salvo que seas un canto rodado que por fuera está empapado y su interior está totalmente seco. Una vez más la realidad se impone, salvo que nuestra vida esté castigada por el látigo de la indiferencia. Con qué facilidad miramos para otro lado y encontramos la justificación perfecta para dar la espalda al dolor, a lo incómodo, a lo molesto, a lo que huele mal, salvo que el mal olor venga disfrazado de corrupción, estafa, engaño, envuelto en dinero fácil o negocio lucrativo caiga quien caiga.

Desmond, para muchos un negro cualquiera, que sobra y aquí no pinta nada, nos recuerda que el otro puedo ser yo. Nos pone por delante que la indiferencia es uno de los grandes pecados de la humanidad, claro que hablar hoy de pecado suena a obsoleto y trasnochado, anacrónico y fuera de lugar. Lo podemos disfrazar como queramos, pero Desmond sí es un ser sintiente como dicen los entendidos. Esos mismos entendidos que diagnostican, pero no ponen medios ni remedios, esos que quieren convertir las ONGs en empresas sociales solidarias de bajo coste, poco a poco lo están consiguiendo. Esos que leen los datos, optimizan los recursos, lo evalúan todo y deshumanizan a las personas. Esos que ponen el protocolo por encima de la persona, piensan en ellos y a veces hasta por ellos, pero no se sientan y sienten con ellos. Cada vez se impone más el apocalipsis «pi», ya saben el 3,14-16: «porque no eres ni frío ni caliente, porque eres tibio, estoy por vomitarte de mi boca».

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios