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Se apagan los ecos más entrañables y queridos de la radio, unas veces por voluntad propia y otras por distintos avatares de la vida de los que tampoco están desligados como cualquiera de nosotros, los del otro lado del dial.

Es otra forma de ver que el tiempo corre sin que apenas nos demos cuenta, con ese vértigo brutal de los caballos salvajes que no sabemos hacia dónde cabalgan.

La última de estas voces es la de Santiago Juanes, que se despedía el pasado viernes de las ondas, como antes lo hizo de estas mismas páginas en la que fue mi compañero columnista más antiguo. Le echaremos mucho de menos. No era una voz cualquiera. Era la voz del notario de nuestras ceremonias sociales, la que pasaba revista al río de gente que se acercaba a la bandeja de los canapés después de algún sarao cultural, político, universitario, o erótico festivo. Era el rumor que madrugaba para orientarnos si debíamos salir con cazadora o en manga corta. Y era el entrevistador que improvisaba, amable e informado, tan cercano a la gente valiosa y sencilla como al engreído que deambula con aires de grandeza por los pasillos enmoquetados del poder.

Nadie como él conocía sus flaquezas, sus miserias y sus chismes, aunque se las callara por pura y simple empatía.

Contaba Santiago en su despedida que está cansado y que se le agotaron las ganas y el talento para competir con otras formas de hacer radio más frescas y novedosas. Mentira. Le sobra talento para seguir haciendo la mejor radio salmantina de la actualidad.

Como también le sobraba a Jesús García, a quien se refirió en su adiós de las ondas, y a quien ni siquiera dejaron despedirse de sus oyentes en un adiós a la francesa furtivo y amargo que delata lo malvados que somos en estas tierras con los mejores, esas luciérnagas que destacan en la oscuridad, los que nos ofrecen la excelencia de un trabajo brillante, crítico, inteligente y original, pero que siempre acaba tropezando con unos poderes establecidos que maniobran en la sombra.

Dice Juanes que quiere dedicar más tiempo a su familia, siempre relegada por aquellos que sufren una pasión tan fuerte y vocacional como la que se intuye que él sentía por la radio. Se comprende, después de tantos años priorizando una ilusión que ya no compensa tanto esfuerzo. Ojalá le vaya bonito y sea feliz.

Gracias Santiago por tantos años de buena compañía.

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